13 sept 2017

1979- DAREDEVIL - Frank Miller (y 5)


(Viene de la entrada anterior)

Definitivamente, desde su comienzo en el nº 159, Miller había impregnado de oscuridad y violencia a este comic Marvel. Puede que no parezca un intervalo muy amplio –de hecho, no lo es-, pero fue suficiente para que el joven autor, prácticamente en solitario, deshiciera las ataduras que la censura imponía sobre la industria de los superhéroes. Y ello aun cuando el sello del Comics Code Authority seguía estampándose en la cabecera, un emblema que cada vez perdía más y más significado. No había nada parecido en toda la línea de comics de la editorial o de la competencia. Probablemente, Stan Lee o Roy Thomas habrían renegado de esta manera de interpretar la figura del superhéroe, pero a estas alturas a Miller ya no había quien le parara los pies. “Daredevil” se había convertido en uno de los tebeos más vendidos de la casa y tanto lectores como críticos estaban entusiasmados. En todos sus experimentos temáticos y gráficos, gozó de una libertad casi inaudita en la industria. Jim Shooter y el editor de la colección, Denny O´Neil, le dejaron hacer a su gusto, incluyendo matar a un personaje, Elektra, que ya se había convertido en alguien tan popular como el protagonista nominal de la colección. Tanto era así, que Miller se vio bombardeado con cartas de fans enfurecidos, algunos de los cuales incluso le amenazaron de muerte –y le obligaron a acudir al FBI para denunciar el hecho-. `



Frank Miller, lejos de limitarse a utilizar al protagonista para narrar aventuras de acción y fantasía, se había empeñado en dibujar un mapa psicológico del mismo, estudiando sus motivaciones, sus principios y sus metas y la manera en que estos chocaban entre sí. De hecho, había encarrilado a Matt Murdock-Daredevil en un proceso de autodestrucción que alcanzaría su clímax no en esta etapa, sino en una posterior y más breve, dentro del arco argumental conocido como “Born Again” y de la que hablaremos en su momento. En el nº 182 (mayo 82), lo vemos hundirse emocionalmente a raíz de la muerte de Elektra en el episodio anterior. Por alguna razón, el regreso de su antiguo amor reconvertida en todo aquello que él aborrecía, le había llegado a obsesionar de forma malsana, obsesión que se prolonga tras su asesinato. La portada transmite claramente el mensaje emocional, con un Matt Murdock vestido de Daredevil –sin la máscara- abrazado a la tumba de Elektra con un paisaje nevado de fondo que representa su propio estado mental. Aquí, discutirá con Heather e, incapaz de aceptar los hechos, presionará a su amigo Foggy para inhumar el cadáver y demostrar que no se trata de ella. Llegará incluso a enfrentarse a Kingpin buscando una verdad que no existe y terminará desenterrando el cuerpo él mismo en un acto que no puede sino calificarse de locura. Difícilmente podrían los seguidores más veteranos del personaje relacionar al alegre héroe de antaño con este patético neurótico atrapado en sus propios delirios e incapaz de decidir qué hacer con su vida.

En ese número 182, además de la peligrosa deriva mental de Daredevil, se presenta una subtrama en la que el Castigador huye de la cárcel y empieza a perseguir y asesinar a los traficantes de una nueva droga conocida como Polvo de Ángel. Una trama que, junto a los dos números siguientes, 183 y 184 (junio-julio 82), conforman una saga que se tituló “Juego de Niños” y que era en realidad la historia que Roger McKenzie y Frank Miller habían realizado dos años antes para el número 167 y que, como conté más arriba, había quedado censurado y apartado para evitar problemas con el Comics Code Authority. Ahora, más de un año después y con el camino expedito para introducir temas antes prohibidos, Miller recuperó esa historia y la fundió con el nuevo entorno que él mismo había ido construyendo para la serie. Esa fusión funciona bien en el aspecto argumental y de trama, aunque gráficamente se diferencian demasiado las páginas dibujadas por Miller en sus inicios en la colección con las modernas, una disparidad que permite comparar lo mucho que tanto él como su entintador Klaus Janson habían evolucionado en ese intervalo.

Ahora bien, en la segunda mitad de 1982 y conforme el año avanzaba hacia su final, Miller fue apartándose progresivamente del dibujo de la colección, limitándose en último término a
aportar meros esbozos que Klaus Janson debía completar y entintar. De hecho, en el número 185 (agosto 82), Miller ya sólo aparecería acreditado como guionista/abocetador y Janson como dibujante, entintador y colorista. Puede que la razón estuviera en que Miller ya estaba pensando en su próximo proyecto, uno que no tendría cabida en Marvel. A mediados de año se había reunido con Jenette Kahn, presidenta de DC Comics, para presentarle una historia de samuráis futuristas que se titularía “Ronin”. Kahn era muy consciente de que Miller se había convertido en un autor tan personal y querido por los lectores que éstos le serían fieles a él y no al personaje del que se ocupara en cada momento, un estatus que pocos artistas de comic habían alcanzado siendo tan jóvenes. Por tanto, Kahn acabó otorgándole total libertad creativa, derechos sobre la obra, que su nombre figurara sobre el título y unos emolumentos muy generosos. De “Ronin” ya hablamos en otra entrada, pero lo que aquí nos importa es que su etapa en “Daredevil” llegaba a su final…por el momento.

Volviendo al dibujo de “Daredevil”, no es que Janson fuera un mal profesional. De hecho, consiguió entender y mantener el estilo de Miller bastante bien haciendo de esa transición gráfica un proceso relativamente “indoloro”. Pero, con todo, no era Miller y a medida que la colección se aproximaba al final de la etapa, el estilo personal de Janson fue sobreponiéndose, un estilo al que no puede calificarse de satisfactorio. Janson, aunque era un buen entintador (uno de los mejores, de hecho, desde Tom Palmer), nunca consiguió dar el salto que le llevara a ser un dibujante titular de renombre. Sus figuras eran demasiado rígidas, sus composiciones poco emocionantes, los fondos eran inexistentes y su atención por el detalle mínima. Pero entintando sobre los lápices del dibujante adecuado, su trabajo podía alcanzar cotas notables, como en el “Deathlok” de Rich Buckler o “Battlestar Galactica” de Walter Simonson.

La misión que Miller normalmente le reservaba a Foggy Nelson, el compañero de Murdock tan fiel como torpón, era la de servir de alivio cómico y contrapunto humorístico que de vez en cuando pudiera aliviar la tensión y la oscuridad de la
colección. El mejor ejemplo de ello es el nº 185, titulado “Agallas”: intentando ayudar a Heather en su trance personal y profesional, Foggy adopta la identidad falsa de “Agallas Nelson”, un detective privado que –protegido sin saberlo por Daredevil- se enfrenta tanto con Kingpin como con los matones de los bajos fondos. Es un episodio homenaje al género negro clásico cuyo humor –y esto es una apreciación personal- no termina de funcionar en el marco de la deriva trágica en la que la serie llevaba inmersa bastantes meses y que ya no abandonaría hasta su final.

Prueba de ello es el papel que en este drama juega Heather Glenn, una mujer de carácter difícil a la que resultaba complicado ver como novia de Matt Murdock. De hecho, la relación entre ambos había sido una inacabable montaña rusa de rupturas y reconciliaciones. Heather había comenzado esta etapa como la hija alocada
y fiestera de un acaudalado industrial, pero tras descubrir que la empresa que había heredado estaba involucrada en asuntos turbios, había pedido ayuda a Matt-Daredevil para enfrentarse a ellos. Craso error, porque su novio, lejos de estar centrado y seguro de sus sentimientos hacia ella, hacía muchos números que se sumía en una espiral de locura, obsesiones y delirios. Así, en el 186 (septiembre 82), no hace sino demandar al consejo de administración y hundir el conglomerado empresarial con el fin de impedir que ella asuma responsabilidades y encuentre una actividad que llene su tiempo, dé sentido a su vida y, en definitiva, le reste protagonismo a Murdock. Al final, Heather, desesperada y perdida, acepta la proposición de matrimonio que un par de números antes le había hecho Matt. Por encima del comportamiento violento y la cierta ambigüedad moral que el protagonista había ido exhibiendo en la colección, es aquí donde más bajo cae, algo a lo que quizá haga referencia la portada, con un Daredevil desplomándose vertiginosamente hacia un pozo sin fondo. Por desgracia, la intensidad dramática de este episodio queda algo empañada por la desafortunada intervención del estúpido villano El Zancudo, esta vez encarnado por el igualmente cretino Turk.

Quizá como una manifestación física de la confusión mental que lo atormenta, en este número
186, los poderes sensoriales de Daredevil empiezan a escapar a su control. En el 187 (octubre 82), el héroe inicia una nueva búsqueda de Stick, el único que cree le puede ayudar, mientras a su alrededor estalla una guerra entre los ninjas de La Mano, que resucitan a su legendario guerrero Kirigi –muerto a manos de Elektra números atrás- y los ninjas blancos de Stick. Este arco argumental, que se extenderá hasta el 190 (enero 83), es un batiburrillo acelerado de subtramas que se resuelven sin mucho acierto, aunque gracias a la pericia de Miller para imprimir ritmo a la historia y al indudable atractivo del microuniverso que había creado en su propio rincón de la continuidad Marvel, se lee con agrado.

Así, vemos el regreso de una renovada Viuda Negra que, envenenada sin salvación, acude –como lo había hecho Elektra- a pedir ayuda a Matt Murdock justo a tiempo para morir en sus brazos. Murdock, por su parte, descubre con sorpresa –al igual que los lectores- que sus poderes no provienen de la radiación accidental que recibió en su infancia, sino que esa tragedia no hizo sino abrirle la puerta a unas capacidades latentes en todo el mundo pero que nadie tiene la oportunidad de descubrir. Esta revelación un tanto peregrina antecede a su súbito restablecimiento justo a tiempo para
intervenir en la contienda entre ninjas. Contienda a la que se sumará la Viuda Negra tras ser resucitada por los ninjas de Kirigi. Sin embargo, con todo lo temible que dicen que es este ninja, es liquidado en su primera intervención por los guerreros de Stick y sin sudar demasiado.

Por si todo este lío fuera poco, Foggy y la Viuda intrigarán para romper la relación entre Heather y Matt en un movimiento difícilmente comprensible. Stick morirá y a Daredevil no se le ocurrirá mejor idea que resucitar a Elektra, algo que, en el fondo, llevaba deseando desde hacía tiempo y para lo cual ahora tiene la excusa perfecta. El final de todo esto es un tanto ambiguo: La Mano es detenida aunque pagando un alto precio (la práctica extinción de la organización de Stick); Daredevil se ve obligado a pedir ayuda a Kingpin, entrando de nuevo en un terreno moralmente gris; su relación con Heather ha quedado cortada…¿Y Elektra? Su cadáver ha desaparecido en la refriega y las cuatro últimas páginas nos la muestran vestida de blanco, escalando y coronando una montaña en algún lugar remoto y con una expresión de paz en su rostro. ¿Es una escena de carácter alegórico que nos dice que, aunque ha muerto, su espíritu ha quedado limpio de odio y puede ahora descansar en paz, redimido por el amor que
Matt Murdock sentía por ella? ¿O bien ha resucitado literalmente aunque renovada, y su destino es reconstruir la orden de Stick, la misma orden que un día la expulsó por carecer de la serenidad espiritual necesaria? En cualquier caso, es irónico que Elektra sea la única que consigue escapar de la derrota y la espiral de violencia y destrucción en que se hallan sumidos buena parte del resto de los personajes (Daredevil, Kingpin, Bullseye, Heather Glenn).

Ignoro cuáles fueron las intenciones de Miller en su día, pero lo cierto es que, a pesar de que probablemente Marvel sabía que Elektra podía ser una mina de oro en potencia, respetó los deseos del artista. Éste retomó a su personaje en dos proyectos especiales de los que hablaré en su momento, “Elektra Asesina” y “Elektra Lives Again”. Hasta que en 1994, en pleno auge de los “héroes” moralmente ambiguos y decididamente violentos, Dan Chichester, guionista por entonces de “Daredevil”, recibió el beneplácito de Marvel para reintroducir al personaje, algo totalmente innecesario por haber cumplido su ciclo en la vida del protagonista tras haber tenido un papel relevante en una de las
mejores etapas del comic-book americano de los ochenta. A partir de ese momento y como demostración de que Miller fue el único capaz de dotar de carisma al personaje, nada bueno se puede decir de la asesina ninja.

El proceso de autodestrucción en el que Miller había incurso a su personaje llegó a su punto álgido –o más bajo, según se mire- en el último episodio que realizó antes de marcharse de la colección, el 191 (febrero 83): “Ruleta”. Entintado por Terry Austin en lugar del habitual Klaus Janson, es un momento sobresaliente en la trayectoria de Daredevil que sirve de coda y resumen de muchos de los temas morales planteados por el autor hasta ese momento. Daredevil está sentado junto a la cama del parapléjico Bullseye en un hospital y juega con él a la ruleta rusa. Mientras va apretando el gatillo alternativamente sobre su cabeza y la de su enemigo, le narra una historia de fracaso personal, como héroe y como abogado, a la hora de salvaguardar el futuro de un niño de la influencia de su corrupto padre. No sólo la historia de ese niño dividido entre su admiración por Daredevil y el amor por su violento padre es desgarradora, sino que Miller se atreve a deconstruir todavía más al personaje estableciendo una analogía con su propio pasado y revelando que el padre de Matt, Jack “Batallador” Murdock, distaba de ser alguien digno de admiración. Alcoholizado y amargado, pega a su hijo
en un instante de ira. Esa, nos dice Miller, fue la génesis del Matt Murdock abogado: “Aquella noche, estuve reflexionando sobre el puente de Brooklyn acerca del bien y el mal, acerca de que también mi padre era capaz de hacer cosas malas, de que él tenía que atenerse a unas reglas y unas leyes. Por la mañana, ya había decidido qué iba a ser de mayor. Iba a ser abogado”.

Junto a una serie de reflexiones sobre la moral, la ley y el conflicto entre el bien y el mal en la sociedad, Daredevil muestra aquí su cara más siniestra y sádica, aterrorizando a un indefenso Bullseye: “Supongo que, al final, todo se reduce a esto, Bullseye: a que a pesar de que sé en lo más hondo de mi corazón que cuando peleo contigo hago lo correcto, de que os odio tanto a ti y a los de tu calaña que se me saltan las lágrimas, de que sé que eres el mal encarnado y que no tienes derecho a vivir…cuando, al fin, tras tanto tiempo, te tengo en mi punto de mira, a pesar de que puedo oler tu miedo, y ese aroma me resulta embriagador… cuando todo se reduce al fatídico acto de apretar el gatillo…mi pistola no tiene balas”.

Tras la marcha de Frank Miller, su editor, Denny O´Neil, asumió la tarea de guionista, tratando de mantener el mismo espíritu, pero sus esfuerzos no dieron fruto…hasta que llegó un nuevo dibujante que, como Miller, mejoraría espectacularmente en muy poco tiempo para convertirse en uno de los referentes del comic americano de los noventa: David Mazzuchelli.

El “Daredevil” de Frank Miller fue un título seminal en los comics de superhéroes, una colección cuyo estilo y tono influyó enormemente en el género marcando un paso en su evolución hacia la madurez en cuanto a temas y desarrollo de los personajes. Recogiendo el testigo de nombres básicos de los setenta, gente como Denny O´Neil y Neal Adams que a su vez habían revolucionado el medio, Miller oscurece el paisaje urbano, mental y espiritual del género superheroico preparando el camino de lo que serán sus obras cumbres: “El Regreso del Caballero Oscuro” y “Batman: Año Uno”. El enfoque violento y cínico que introdujo en los superhéroes acabaría desnaturalizándose y llevándose a excesos durante gran parte de la década de los noventa y dejando su impronta hasta la actualidad.

Pero, sobre todo, la importancia de esta etapa radica en que, acumulando ya más de treinta años a sus espaldas, siguen siendo comics tremendamente entretenidos y un modelo de pericia narrativa. Nada mal para un chaval de veintipocos años que nunca antes había escrito un tebeo…

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