5 jul. 2017

1980- CONAN REY (1)


A finales de la década de los setenta del siglo pasado, Conan era un personaje que empezaba a dar claras muestras de agotamiento. Tras ser encumbrado al panteón de los héroes más célebres del comic mainstream gracias al buen hacer de Roy Thomas, Barry Smith y John Buscema, la sobreexplotación estaba empezando a hacer mella sobre él. Para entonces, Thomas había escrito más de cien números de la colección mensual “Conan el Bárbaro”, así como docenas de historias para la revista en blanco y negro “La Espada Salvaje de Conan” (que, a partir de 1977, cambió su cadencia de bimensual a mensual, multiplicando de esta manera el número de historias del bárbaro). Hacía ya tiempo que no quedaban relatos pendientes de adaptar del creador original del personaje, Robert E.Howard, y Thomas recurría bien a guiones propios, bien a llevar al comic las novelas-pastiche escritas por otros autores al albur del éxito obtenido por Conan en los comics. El exceso de trabajo, la escasez de ideas o la pereza creativa acababan dando como resultado relatos clónicos en los que el indestructible Conan se enfrentaba invariablemente al monstruo y/o brujo de turno, salvaba y seducía a la doncella del mes y luego seguía su camino sin mirar atrás.


Por eso, cuando se anunció el estreno de una nueva serie, “Conan Rey” (nº 1, marzo de 1980), muchos aficionados tuvieron la esperanza de que podrían asistir a un nuevo enfoque del bárbaro. Al fin y al cabo, el trono de Aquilonia constituía la última etapa en la vida del personaje, el culmen de su épico recorrido por todo lo largo y ancho del mundo hibóreo creado por Howard. Para entonces era un hombre maduro, experimentado y que, dado que ya no podía cambiar de entorno ni situación, contaría a su alrededor con un plantel fijo de personajes que podrían dar una mayor variedad a las historias y otorgar más profundidad a las caracterizaciones. Esas esperanzas, al menos inicialmente, se vieron satisfechas solo a medias.

Siguiendo su propia política editorial, la primera opción de Roy Thomas no fue la de escribir guiones propios, sino adaptar una novela de Conan que ya estaba considerada como parte del canon: “Conan de Aquilonia”, ” escrita por L.Sprague de Camp y Lin Carter y publicada en 1977. Estaba compuesta de cuatro relatos cortos encadenados (y originalmente serializados en la revista “Fantastic” entre 1972 y 1975) en los que se narraba una intriga de brujería que culminaba con el enfrentamiento final entre Conan y su archienemigo, el hechicero Thoth Amon. Dado que cada número de la nueva colección iba a contar con una
extensión superior a la habitual (de entre 32 y 36 páginas), Thomas pudo encajar sin problemas un relato en cada número sin tener que efectuar cortes demasiado bruscos.

En el curso de una cacería, Conn, el hijo preadolescente de Conan (aquí tiene unos doce años), se extravía y es secuestrado por los esbirros de la bruja Louhi. Su padre, por supuesto, sale a buscarlo en solitario, llegando a la fortaleza de aquélla y descubriendo que el rapto forma parte de una conspiración “internacional” de brujos que pretenden acabar con Aquilonia. En el curso de la saga, entre monstruo y monstruo, de batalla en batalla, Conan y su hijo viajarán a Estigia y Zimbabwe para desmontar la conspiración e ir matando uno a uno a sus artífices hasta que, en los confines del mundo conocido, Conan librará su combate definitivo contra un envejecido Thoth Amon apoyado por los adoradores del maléfico dios Set.

En general, el planteamiento de la aventura resulta tremendamente burdo y racista: los brujos
implicados en la conspiración, un remedo de terroristas, representan a Europa Oriental (Hiperborea), Oriente Medio (Estigia), Africa (Zimbabwei) y el Lejano Oriente (Angkor),mientras que Aquilonia, su objetivo, representa Occidente. Conan no tendrá problemas en invadir otros países o propiciar cambios de régimen por otros más favorables a su persona. Las mujeres tampoco escapan a los estereotipos más rancios: tenemos una bruja malvada, unas amazonas guerreras ligeras de ropa y unas bellas odaliscas que esconden su condición de peligrosos monstruos venenosos.

En realidad, estos problemas no pueden achacarse a Thomas, sino a la novela de origen –la cual, todo hay que decirlo, el guionista adapta muy bien. A estas alturas ya era un consumado especialista-. A pesar de haberse publicado en los setenta, los libros de Conan seguían abundando en la misma visión del mundo racista y machista que había imaginado Howard para su Era Hiboria. Pero éste era un hijo de su tiempo, los años treinta, que escribía para revistas populares cuyo público no era precisamente sofisticado. La literatura pulp se basaba precisamente en clichés: protagonistas varoniles e invencibles, mujeres bellas a las que conquistar y rescatar, villanos malvados sin
redención posible y acción a raudales. Era una fórmula repetitiva, pero que funcionó durante años. En los setenta, sin embargo, aunque la sociedad y los lectores habían evolucionado mucho, los autores seguían recurriendo una y otra vez a los referentes que habían conocido en su juventud.

De Camp no era ningún ignorante. Doctor en Ciencias, ingeniero aeronáutico, prospector y especialista en patentes, fue además un activo desmantelador de mitos paranormales. Pero en lo que se refiere a su trabajo en Conan –al que accedió en los años cincuenta, modificando y completando trabajos inacabados de Howard para transformarlos en relatos del cimmerio, como “Halcones sobre Shem” o “El Tesoro de Tranicos”-, optó por respetar fielmente el estilo y clichés de Howard, incluso en aquellas novelas escritas enteramente por él mismo, como es este el caso. El cofirmante de la novela, Lin Carter, fue pupilo primero y asociado después de De Camp, pero mientras que éste desarrolló una carrera más variada en la Fantasía y la Ciencia Ficción aportando alguna que otra novela hoy considerada clásica, Carter tendió a repetir una y otra vez las fórmulas establecidas por sus escritores pulp preferidos: H.P.Lovecraft, Edgar Rice Burroughs o Robert E.Howard. Hubiera sido preferible, a mi parecer, abandonar ese estilo neo-pulp y tratar de dar un nuevo enfoque,
más moderno y complejo, al personaje. También habría sido un movimiento arriesgado, claro, puesto que siempre hay un activo núcleo duro de aficionados reacios a cualquier cambio en los mundos de sus héroes favoritos.

Por otra parte, ni los escritores ni Thomas en su adaptación se esfuerzan en cambiar verdaderamente a Conan. Durante ochenta años –y salvo la interpretación gráfica que brindó Barry Smith a comienzos de los setenta- los aficionados al personaje han estado leyendo básicamente al mismo bárbaro, sin que éste haya registrado una auténtica evolución más allá de su habitual cambio de ocupaciones. El rey Conan no sólo no ha madurado, sino que sigue siendo tan espléndido física y mentalmente como cuando tenía cuarenta años (en esta época ya contaba cincuenta y nueve). El tener un hijo –una familia en realidad, aunque esto en la primera saga no se muestra- y gobernar el reino más poderoso de Hiboria no le ha cambiado prácticamente nada. Sí, es cierto, lo vemos preocuparse por alguien profundamente, su hijo, y las escenas que comparten ambos están muy bien escritas. Thomas hace que Conan transmita verdadero sentimiento de orgullo y, al tiempo, preocupación por el bienestar de su hijo. Pero a la hora de la verdad, sigue siendo el mismo cimmerio impulsivo y algo atolondrado que rechaza la ayuda de sus allegados y se lanza al peligro en solitario.

Puede admitirse que Conan se enfrente solo a ciertas amenazas. Al fin y al cabo su experiencia le ha demostrado que en determinadas ocasiones y contra enemigos como brujos y monstruos, un hombre solo puede actuar más eficazmente que todo un ejército. Pero tras rescatar a su hijo y librar una batalla en Zingara, Conan decide llevarse consigo a Conn hasta Estigia, donde se esconde Thoth-Amon. Esta decisión es ciertamente insensata, puesto que Conan carece de dinastía con la que asegurar el trono. Dejar a Tarantia (la capital de Aquilonia) sin rey ni heredero implica poner en peligro las vidas de su esposa e hijos y dejar campo libre a los agitadores y conspiradores internos. Cada kilómetro que se aleja de su reino es un kilómetro que tendrá que recorrer de vuelta. Y eso por no hablar de la posibilidad de que su hijo muriera en el curso de la persecución y batalla contra Thoth-Amon.

De acuerdo, esta manera de hacer las cosas se ajusta al carácter del héroe de acción americano. Pero también dice poco acerca de la astucia e inteligencia de Conan, especialmente tras una vida tan rica en experiencias y bastantes años ocupando un trono. Carece de cualquier tipo de plan: simplemente, como un toro enfurecido, avanza más y más hacia el sur sin importarle la seguridad de su reino, su hijo o sus hombres. Puede que a alguien se le ocurra compararlo con
la gesta de Alejandro de Macedonia y su aventura en Asia, pero no hay nada aquí que nos sugiera la existencia de un plan colonizador o de conquista, por no hablar de la implausibilidad de llevar a buen término una misión tan prolongada en tierras tan lejanas con un contingente limitado de hombres.

Conan, como rey, debería enfrentarse a problemas diferentes de los que encontraba siendo aventurero. Pero no hay aquí relatos en los que intervenga la política interior o exterior, intrigas cortesanas o batallas contra ejércitos invasores. Por alguna razón, nadie sale al paso de sus tropas ni aparece nada que suponga un auténtico desafío para él con excepción de los adversarios designados ya en el primer número. Los países que atraviesa al frente de su ejército no protestan en absoluto… Y, desde luego, hay una surtida provisión de brujos y criaturas que matar, extraños lugares que visitar y usurpadores que deponer… Todo exactamente igual que cuando recorría el mundo libre de responsabilidades.

Sí que es interesante, en cambio, el proceso de madurez de Conn. Idolatra a su padre y trata de imitarlo aun cuando es un modelo imposible de alcanzar. Se asusta visiblemente, mata a su primer hombre y es seducido por una muchacha. Su padre y él tienen una relación de cariño, camaradería y orgullo recíproco que funciona bien y que, además y en etapas posteriores, servirá de contrapunto a la relación de Conan con sus otros dos hijos.

Y, desde luego, hay que destacar el dibujo de John Buscema, el dibujante justificadamente más asociado con el personaje. Su Conan es básicamente el mismo que venía dibujando desde hacía media década. Aunque tiene alguna arruga y ojera más y su cabello es gris, sigue siendo el cimmerio físicamente poderoso de otros tiempos. A Conn, en cambio, lo dibuja de forma más realista: es fuerte y ágil para ser un adolescente, pero obviamente está muy lejos de la fortaleza de su padre y cabe adivinarse que jamás la poseerá. Por lo demás, seguimos encontrando aquí al excelente narrador de corte clásico que domina la figura humana, el
movimiento y la composición de viñeta y que por muchas veces que tenga que enfrentar al héroe con un monstruo o una horda de guerreros, consigue que la escena no parezca calcificada o compuesta con desgana. Los dos primeros números, además, están entintados por Ernie Chan, el gran complemento de Buscema, un artista que sabía extraer lo mejor de las figuras y los fondos bosquejados por éste. Los dos últimos episodios de la saga tienen tintas de Danny Bulanadi, uno de los artistas filipinos tutelados por Tony de Zuñiga, que se trasladó en 1975 a Estados Unidos y empezó a trabajar en DC antes de saltar a Marvel, donde durante un tiempo se ganó la confianza de los editores gracias a su equilibrio entre calidad y rapidez de ejecución. No obstante y para mi gusto, nunca ha estado a la altura de su compatriota Ernie Chan a la hora de terminar los lápices de Buscema.

En general y pese a que no aporte realmente nada nuevo al personaje, la saga de presentación de “Conan Rey” es una aventura entretenida, dinámica y bien dibujada que satisfará a los aficionados del personaje. Fue una decepción, sin embargo, el que a pesar de las esperanzas puestas en la colección tanto por parte de los lectores como por la editorial (que, como he dicho, le había otorgado mayor número de páginas y había establecido un precio de portada de un dólar cuando lo normal para los comic-books de la época eran cuarenta centavos), no consiguiera mostrar una identidad propia y diferenciada de las otras dos cabeceras ya existentes del personaje.

(Continúa en la siguiente entrada)

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