25 jun. 2017

1982-EL PAÍS DEL FIN DEL MUNDO – Makyo y Vicomte


Los cuatro álbumes que componen el primer ciclo de esta larga saga son un pequeño clásico del comic francobelga, una historia que combina con acierto la fantasía, la aventura medieval, el drama y el suspense y que no se acomoda a los parámetros clásicos del género fantástico ni despierta en el lector ese sentimiento de deja vú, de ya visto, de trama y desenlace fácilmente previsible.



Junto a “Los Pasajeros del Viento” o “Las Aguas de Mortelune”, la saga de “El País del Fin del Mundo” fue una de las primeras series de gran éxito publicadas por la editorial Glenat (previamente a su edición en álbum, fue serializada en las revistas “Gomme!” primero y “Circus” después). Gracias a ella, Pierre Makyo, su guionista, se convertiría en los años ochenta en un prolífico, versátil y aclamado autor (suyo fue también el interesante Jérôme Bloche), aunque el reconocimiento le llegó ya desde este su primer trabajo, el volumen inaugural de “El País del Fin del Mundo”. Tanto es así, que el mismo año de su lanzamiento, 1982, Jacques Chirac, a la sazón alcalde de París, galardonó a guionista y dibujante, ambos noveles, con el Gran Premio de la ciudad.

Arthis Jolinon es un fotógrafo profesional que, dominado por una crisis existencial abandona París y a su amante Anne para viajar hasta una zona rural de Francia en la que pretende pasar un tiempo tomando fotografías de los misteriosos pantanos de la región. Allí encuentra una bella joven, también fotógrafa, que tiene las mismas intenciones artísticas que él, pero antes siquiera de que ambos puedan tomar contacto, son
atacados por unos extraños individuos enfundados en armaduras medievales. Cuando Arthis recobra el conocimiento, se encuentra en una enorme y laberíntica prisión de piedra subterránea en la que a duras penas sobrevive toda una población masculina que, como él, ignora dónde está o por qué. El primer álbum, “La Prisión”, y la mitad del segundo, “El Gran País” (1984), transcurren mayormente en ese ambiente malsano, opresivo, sucio y oscuro.

Abandonados por sus captores, los presos han caído en la más completa anarquía y degeneración. Individuos que en su vida anterior eran rectos y virtuosos se ven afectado por la decrepitud física y mental, cayendo gradualmente en un estado bestial en el que matan para sobrevivir y violan para satisfacer sus impulsos, casi como si de zombis se trataran. Aunque es de los pocos que tratan de mantener intacta su brújula moral y hace un denodado esfuerzo por conservar vivo el sueño de escapar, lo que no puede evitar Arthis es una horrenda metamorfosis física, muy bien retratada por Vicomte, que refleja el entorno en el que se desenvuelve: en el curso de unos meses, el joven
agraciado y estiloso de las primeras páginas se transforma en un esqueleto de rostro hirsuto, ojeroso y demacrado.

En tan sólo treinta páginas, Makyo y Vicomte construyen un universo digno de las obras de Kafka, autocontenido, aislado del espacio y el tiempo, que funciona de acuerdo a sus propios postulados sociales, unos postulados tan siniestros como verosímiles. Siguiendo los peores instintos de la naturaleza humana, en lugar de unirse para afrontar el problema común y tratar de encontrar una forma de huir, los prisioneros se separan en facciones cuyos miembros luchan por el poder y se traicionan entre sí, dominan al resto por el miedo y los manipulan con la religión.

La segunda mitad de “El Gran País” narra el encuentro de Arthis con la joven de los pantanos y su huida del calabozo. Y es aquí donde la saga experimenta un giro tan radical como inesperado, porque el protagonista escapa sólo para encontrarse prisionero otra vez, pero en esta ocasión en un territorio que, merced a las extrañas cualidades de los pantanos que lo rodean, ha escapado
al paso del tiempo y ha permanecido anclado en el siglo XV: el reino de Galthedoc, un reducto que en su época había nacido como refugio y sueño utópico pero que había acabado -en un reflejo de lo que ocurría en los inmensos calabozos del castillo del reino, de donde había escapado Arthis- desgarrado por las intrigas cortesanas, los reyes locos y los nobles conspiradores.

El tercer volumen, “El Bastardo” (1985) tiene un ritmo más pausado y se estructura sobre todo en base a diálogos explicativos que nos presentan a los nuevos actores de la trama y explican el sistema político y social de ese mundo medieval. No hay mucha acción, pero sí abundante información que aporta gran densidad y complejidad a la trama y riqueza al trasfondo en el que tendrá lugar el desenlace final del cuarto volumen, “La Piedra de la Locura” (1989). Esta última entrega tiene un ritmo mucho más rápido y sus sorprendentes revelaciones y conclusión evitan el típico final tan previsible como feliz.

Makyo consigue ir complicando la trama a lo largo de los cuatro álbumes que componen la
saga, introduciendo los giros y sorpresas necesarios para mantener el interés del lector y cerrando todos los cabos sueltos que habían ido apareciendo. Por otra parte, rompe los estereotipos del género y despoja de maniqueísmo y atajos emocionales a su extensa galería de personajes. Todos ellos tienen su lado oscuro y sus razones para actuar como lo hacen; nadie está completamente libre de culpa ni es plenamente virtuoso. Arthis engaña y se sirve de Anne para encontrar a la joven que verdaderamente le interesa; la reina manipula a sus súbditos; la crueldad y locura del rey está motivada por su soledad y carencia de amor; Joachim, el otro “héroe” de la historia, no está exento de egoísmo y violencia… En una historia impulsada por la traición, las mentiras, los engaños, la tristeza y el sufrimiento, un final feliz resultaría completamente inadecuado. La conclusión, incluso, deja un espacio para la ambigüedad: podría ser que todo lo narrado no sean más que las fantasías de un Arthis trastornado tras el accidente de coche que experimenta en la página cuatro del primer álbum, delirios que mezclan el sueño, la magia y la locura.

Como Makyo, Laurent Vicomte era un novato en el mundo del comic y, como él, alcanzó con esta serie su plena madurez. Pero a diferencia de aquél, acabó siendo cualquier cosa menos prolífico. Tras los cuatro álbumes de “El País del Fin del Mundo”, sus numerosos fans hubieron de esperar nada menos que ocho años hasta el lanzamiento de su siguiente serie, ésta en solitario, “Sasmira”. Y otros catorce hasta el segundo volumen de la misma… Cinco álbumes en treinta años no es desde luego el mejor de los records. Pero en lo que se refiere a “El País del Fin del Mundo”, su trabajo es extraordinario. Cada álbum supone un paso en la maduración gráfica del autor hasta alcanzar un nivel que lo sitúa a mitad de camino entre Bourgeon y Juillard. De hecho, si Vicomte hubiera sido más constante en su producción, su nombre se mencionaría habitualmente como uno de los grandes del comic francobelga.

En el primer álbum, “La Prisión”, aun se muestra titubeante en lo que se refiere a las figuras
pero destaca en la construcción de atmósferas misteriosas y malsanas, la elaboración de minuciosos fondos y las fisionomías grotescas. Ya en “El Gran País” y gracias a la libertad estilística que Glenat otorgaba a sus autores, Vicomte gana confianza e inicia una importante evolución hacia el realismo, dirección que, merced a la asimilación de influencias diversas, se consolida en “El Bastardo”, donde recrea con un estilo preciosista no sólo el periodo histórico del reino de Galthedoc (vestuario, muebles, decoración, armas) sino que juega con la iluminación y los claroscuros para intensificar el dramatismo de ciertos pasajes, recurso éste que perfeccionará todavía más y utilizará con mayor profusión en “La Piedra de la Locura”. Es también en esta última entrega donde por fin acaba dominando la expresividad facial, que hasta ese momento había sido uno de sus puntos débiles por no ser capaz de encontrar el justo término medio entre lo caricaturesco y lo soso. En cuanto a los colores, no hay mucho que decir: son sobrios pero efectivos, dejando espacio para el lucimiento del dibujante.

Puede que estuviera firmada por dos recién llegados al mundo de la historieta, pero “El País del Fin del Mundo”, su primer trabajo, se convirtió en uno de los comics más vendidos de los ochenta en Francia, cada uno de los volúmenes acercándose a los 250.000 ejemplares. Sin embargo, y a pesar de las presiones del editor y los lectores, Vicomte no quiso continuar la serie. El plan original tal y como lo concibieron él y Makyo había sido el de hacer una trilogía. El cuarto álbum surgió del deseo de ambos de explorar con mayor detalle la parte del relato ambientado en el reino de Galthedoc, algo que pudieron hacer sin traicionar nada de lo narrado hasta ese momento. Ya en los noventa, Makyo –probablemente impulsado por consideraciones económicas- quiso revivir la saga pero su compañero estaba embarcado en otros proyectos y no tenía interés en ello. Como coautor en lo que se refiere a los derechos, podría haber bloqueado la revitalización de la serie, pero en virtud de su amistad con el guionista dejó a un lado sus principios creativos y dejó que la continuara con otros dibujantes.

Así, la serie continuó más allá de la colaboración entre Makyo y Vicomte. De hecho, acabó
constando de cuatro ciclos de cuatro álbumes cada uno más un epílogo, este último publicado en 2012. Afortunadamente, Makyo no adolece de lo que podríamos llamar el “síndrome Van Hamme” y todos estos álbumes no forman un bloque indivisible que debe ser abordado desde el primero hasta el último. No obstante y dado que en España sólo se ha publicado hasta la fecha el primer ciclo (dentro de la colección Pandora de Norma Editorial), he limitado exclusivamente a éste la reseña.

“El País del Fin del Mundo” es una saga que invita al lector a adentrarse en un mundo tan real como fantástico. Aquí, Fantasía no equivale a final feliz ni cuento de hadas. Hay reinos ajenos al tiempo, prisiones imposibles o piedras que provocan la locura; pero también situaciones tan reales como las luchas por el poder, las masacres de inocentes, las traiciones, las obsesiones y el amor así como la relación que todo ello guarda con la política y el destino de los pueblos. Todo ello está engarzado en una trama lineal, densa pero fácil de leer, llena de sorpresas, narrada con buen pulso e ilustrada con belleza.

Se trata de un conjunto de álbumes que, a pesar de contar con más de treinta años a sus espaldas, sigue siendo tan disfrutable como en el momento de su publicación. Por otra parte, y aunque el final, como decía, es algo ambiguo, este primer ciclo puede leerse y entenderse independientemente de todos los que lo continuaron.



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