9 jul. 2016

1992-BATMAN: ROSTROS – Matt Wagner




En 1989, a raíz del estreno de la primera película de Batman y aprovechando la fiebre que generó aquélla alrededor del personaje, DC lanzó “Legends of the Dark Knight”, una nueva colección en la que distintos equipos creativos iban sucediéndose para contar historias autocontenidas del Hombre Murciélago con una orientación más adulta y mayor profundidad psicológica. Ese formato permitía a los guionistas mantenerse ajenos a la continuidad oficial del personaje y los crossovers de turno, una mayor libertad que a la postre redundó en una mejor calidad media de los argumentos. Con el paso de las décadas, “Legends of the Dark Knight” se convirtió en la fuente de varios relatos que hoy tienen la consideración de clásicos. “Rostros”, escrito y dibujado por Matt Wagner y serializado entre los números 28 al 30 (marzo-mayo 1992), fue uno de ellos: una historia de misterio que toca temas como la autoaceptación, el castigo, la naturaleza de la belleza y el destino, apoyándose para ello en algunos de los elementos favoritos del autor: la alta sociedad, la doble vida, el sexo enfermizo, la estética retro y las trabajadas composiciones de página



Dos Caras ha escapado de la cárcel y ha desaparecido. Batman lo busca sin éxito hasta que una noche, dos años después, durante una fiesta de disfraces, muere asesinado un cirujano plástico. Es el primero de varios médicos de esa especialidad que caen víctimas de elaborados planes perpetrados por un Dos Caras que ha regresado acompañado de una extraña cohorte de individuos deformes. Y es que el villano pretende crear una comunidad independiente y autosuficiente compuesta por los desahuciados de la sociedad. Pero para ello necesita un territorio, por lo que intenta comprar una isla del Caribe a Paul D´Urberville, un millonario en horas bajas. Sin embargo, Bruce Wayne también está interesado en la isla e inicia una puja por la misma sin saber que su competidor es el criminal al que busca como Batman.

“Rostros” reúne todas las características propias de una historieta incluida en “Legends of the Dark Knight”: transcurre en los comienzos de la carrera de Batman; introduce elementos adultos, como la desasosegante apariencia de los esbirros de Dos Caras, un par de escenas más violentas que de costumbre y un contenido sexual más explícito a través de un personaje involucrado en una relación tormentosa con una mujer fatal. Wagner también recurre a una idea ya utilizada en otras historias de “Legends…”:
dado que éstas son ajenas a la continuidad de las series mensuales, pueden jugar con el elemento temporal. Así, “Rostros” se abre con una escena inicial de Dos Caras para saltar a continuación dos años en el futuro, donde comienza la historia propiamente dicha. También encontramos aquí todas las ideas ya familiares de los clásicos enfrentamientos entre Batman y Dos Caras: Batman tratando de encontrar una pauta en una serie de asesinatos, intentando –sin éxito al principio- detener los homicidios, utilización de motivos duales y la introducción de un punto de extravagancia rayana en el ridículo, como la secuencia del dirigible.

La adecuada comprensión de la saga exige ciertos conocimientos previos por parte del lector.
Wagner no explica que Dos Caras había sido alguien atractivo dedicado a la defensa de la ley, lo que ayuda a entender sus motivaciones y amargura. De todas formas, este es un defecto relativamente menor, en primer lugar porque el autor es capaz de introducir rápidamente en la trama los temas relevantes de la historia y el lector avispado puede comprender las inseguridades y frustraciones del villano sobre la marcha; y, en segundo lugar, porque siempre es agradable leer una historia de superhéroes que asuma que el lector puede ponerse al día sin necesidad de repetir por enésima vez, el origen de los personajes.

El Harvey Dent propuesto por Wagner constituye una interesante aproximación a este viejo villano de la mitología batmaniana. Parece algo más trastornado que otras versiones del personaje, aunque no hasta el punto de resultar chirriante. El autor no profundiza demasiado en la clásica dualidad de la personalidad de Dos Caras, poniendo en cambio el acento en su psicología: la furia por la aún reciente desfiguración de su rostro y su incapacidad de aceptar su deformidad le hacen creer que la sociedad tampoco lo hará, por lo que decide convertirse en el mesías de un grupo de individuos tanto o más grotescos que él, a quienes considera sus iguales. Pero de lo que no quiere darse cuenta es de que ellos sí han superado sus
traumas y se han integrado con éxito en sus respectivas comunidades. Es cuando comprende esa realidad -que no es la sociedad la que lo expulsa sino él mismo quien se exila de ella, y que son nuestras acciones y no nuestra apariencia lo que nos define- que toma conciencia de la futilidad de sus fantasías utópicas y de la soledad en la que se encuentra, derrumbándose psicológicamente y dejando que Batman le atrape. Lo que al comienzo era un villano enloquecido, violento y terrorífico pasa a ser un individuo patético y digno de compasión.

La bisoñez de Batman y su viejo uniforme sitúan cronológicamente esta historia poco después del
“Batman Año Uno” de Miller. El aspecto visual del personaje, incluso, recuerda la versión de Mazzuchelli: una figura atlética, fluida enfundada en un mono de licra gris en lugar de la armadura paramilitar que se ha visto más recientemente en comics y películas. Bruce todavía trata de amoldarse a su nuevo papel de luchador contra el crimen y en un par de ocasiones comete graves fallos que causan la muerte de personas inocentes. Siempre resulta refrescante ver a este Batman joven y falible.

Wagner, como otros muchos guionistas antes que él, utiliza la historia para demostrar lo similares
que en el fondo son Harvey y Bruce Wayne. No hay nada malo en ese enfoque –al fin y al cabo, todo depende de cómo se lleve a cabo-, y, además, Wagner lo desarrolla de forma más sutil que la mayoría de sus colegas. Empezando por el propio título de la historia: “Rostros”, que hace referencia a las máscaras que llevamos todos para ocultar nuestra verdadera cara. La acción arranca, tras el prólogo con Dos Caras, en una fiesta de disfraces, una mascarada, en la que podemos ver, entre otros, a alguien vestido como la Muerte, un Demonio, un Conejo, un Superman obeso y un unicornio. Bruce Wayne, como Napoleón pensativo, acecha taciturno desde el centro de la viñeta. Aunque el ambiente es festivo, la atmósfera tiene un toque grotesco, enfermizo. Wagner pone en contraste esa escena con aquella viñeta a doble página en la que se muestra el grupo de “monstruos” que Dos Caras ha reunido junto a sí, enfrentando a los privilegiados de la sociedad que llevan máscaras para diferenciarse entre ellos, y aquellos que no las necesitan para parecer diferentes.

Como he dicho más arriba, Wagner no entra a fondo en la tradicional dualidad esquizofrénica de
Harvey, en virtud de la cual Batman trata de convencer al antiguo fiscal de que se sobreponga a su mitad diabólica (sí que introduce una escena en esa línea, pero no es la clave de la relación entre los personajes). En cambio, presenta una visión más elaborada de la forma en la que Harvey ve el mundo y cómo la gente esconde sus verdaderas naturalezas. Muchos guionistas han tocado la obsesión de Bruce con las máscaras pero, de nuevo, Wagner lo hace mejor que la mayoría. Así, que en la fiesta de disfraces Wayne no lleve máscara simboliza que su identidad “civil” no es más que una fachada tras la que oculta su verdadero yo: Batman. Aun así, el guionista dedica bastante más tiempo a mostrarnos a Bruce Wayne de lo que suele ser habitual, permitiéndonos ver cómo ambas identidades a menudo se solapan en su vida.

El agente inmobiliario, Nelson Wren, tiene éxito en los negocios pero es un hombrecillo de escaso atractivo. Cuando Manon muestra interés en él, pierde todas sus inhibiciones y su verdadera naturaleza, la criminal, toma el control, principalmente porque no puede creer que una mujer tan atractiva pueda sentir algo por él. Pero tampoco Manon es lo que parece; de hecho, nadie que juegue un papel en esta mascarada lo es. Incluso D´Urberville esconde un secreto, temeroso de que su revelación signifique su ostracismo definitivo de la alta sociedad.

Aunque los conceptos y temas que trata la historia son interesantes, el guión, como le ocurre al “Batman-Grendel” también firmado por Wagner tan solo un año después, tiene fallos de bulto. Se trata de una historia sencilla en el fondo pero que adolece de problemas de lógica y plausibilidad aun cuando los personajes justifiquen sus acciones. La trama aparece dividida inicialmente en dos partes: por un lado, los asesinatos de cirujanos plásticos cometidos por Dos Caras; por otro, los intentos de un supuesto noble francés (que es, evidentemente, el mismo villano) por sabotear la compra de la isla por parte de Bruce Wayne (cuyo interés por la misma tampoco se aclara). El problema es que la línea argumental de los crímenes acaba siendo desinflada, minusvalorada y
arrinconada por el propio guionista cuando nos revela que en realidad no era más que una mera “distracción” del verdadero propósito del villano. Eso sin contar con que el “plan maestro” de Dos Caras pasa por fingir ser francés y esperar que el abogado del millonario D´Urberville no necesite garantía alguna de que puede respaldar su abracadabrante oferta financiera, convencerlo para que engañe a todos los implicados, secuestrarle y, finalmente, intimidar directamente a su jefe mediante el chantaje…lo cual hace del personaje de Nelson Wren algo superfluo.

Al principio, la aparente complejidad del argumento resulta atrayente: el apocado agente inmobiliario seducido por una misteriosa mujer fatal, la enigmática figura enmascarada que trata a toda costa de hacerse con la isla… Pero enseguida y de forma muy obvia se hace evidente la relación que existe entre esa parte de la trama y Dos Caras. En otras palabras, el argumento es mucho más simple de lo que prometía al comienzo y, aunque sólo conste de tres números (más corta que otras sagas de “Legends of the Dark Knight”), quizá sea una longitud excesiva para la historia que se cuenta. Ni siquiera el concepto básico es del todo original. En el Anual 13 de los Cuatro Fantásticos (diciembre1978), el guionista Bill Mantlo humanizó la figura de El Topo, uno de los villanos clásicos del grupo, al presentarlo como una especie de líder embarcado en la misión de crear un santuario para rarezas y seres desfigurados como él mismo. Solo que ese anual abordaba el tema con mayor acierto, más énfasis en el lado humano y, además, de forma más condensada (34 páginas).

Por otra parte, existe cierta contradicción inherente a toda la historia. Aunque nunca pasan de ser meras figuras de atrezzo en la trama, los “monstruos” reclutados por Dos Caras en Europa parecen actuar inicialmente como una especie de secuaces suyos; al mismo tiempo, Dent siente por ellos una auténtica preocupación que le lleva a idear el truculento plan de la compra de la isla y el robo del dirigible. Wagner nos los presenta como individuos grotescos y amenazadores que otorgan a la serie un toque terrorífico. Pero en el último número, de forma repentina, resulta que la mayoría de ellos declaran haber sido llevados allí a la fuerza, lo que además de ser anticlimático no resulta demasiado coherente con todo lo anterior. Eso por no mencionar que la explicación que Wagner da a su presencia en la historia es que las ferias de monstruos siguen siendo populares en Europa ¿¿??, una estupidez que nos lleva a pensar que, o bien el guionista toma por ignorantes a sus lectores, o bien no supo justificar el origen de los “monstruos” más que introduciendo ese parche.

Más que el guión, el dibujo es el verdadero punto fuerte de esta minisaga, un dibujo que combina
el detalle y la sencillez espartana al estilo de David Mazzuchelli (en “Batman Año Uno”) con el uso de los contrastes de luz y sombra del “Sin City” de Frank Miller. Aunque “Rostros” tiene un toque más oscuro y tosco que trabajos posteriores de Wagner, sus páginas seducen al lector gracias a su evocadora atmósfera retro, construida en parte gracias a la introducción del estilo art-deco en el diseño de edificios, calles, decoración y vestuario, y en parte recuperando la estética de los cortos de animación de Max Fleischer en los años cuarenta, la primera Batman the Animated Series y la serie negra del cine clásico americano. Al mismo propósito sirve la paleta de suaves tonos pastel aplicada por Steve Oliff, sólo rota con los vivos colores del vestuario de Manon o la cara y traje de Dos Caras, que remiten a momentos de pasión o locura. Es un color discreto y efectivo que se complementa bien con la línea gruesa y la composición de volúmenes sobre los que se apoya buena parte del dibujo de Wagner.

El estilo narrativo del autor –que luego aplicaría en otras historias de Batman firmadas por él- es elegante, dinámico y personal al tiempo que eficiente. Sus
composiciones están más orientadas al diseño y la estética que hacia lo humano y lo emotivo, pero no por ello son menos originales. Un magnífico ejemplo lo encontramos en la plancha del número 28 en la que Bruce y Paul D´Urberville están hablando sobre sus negocios inmobiliarios mientras hacen jogging alrededor de una pista. El óvalo de ésta llena todo el perímetro de la viñeta y, en su mitad, Wagner coloca una rejilla de nueve viñetas –ocho en realidad, pero la última es el doble de grande que el resto- en la que se muestran a los dos hombres conversando. Los globos de diálogo están colocados de tal manera que la mirada del lector va deslizándose de la pista de carreras (plano general cenital) a las viñetas pequeñas (primeros planos frontales). Es una disposición fresca y poco frecuente que sólo se puede realizar en los comics. El número 29 tiene otra página con plano picado en la que vemos a Nelson Wren, atormentado por la culpa por su complicidad en el plan de Harvey (a pesar de que en ese momento no sabe que está trabajando para él), caminando por su oficina. Su recorrido queda marcado por una línea de puntos mientras a lo largo de la misma va realizando diferentes acciones.

Wagner domina también la técnica de variación en el tamaño de viñetas para expresar el paso del
tiempo. Así, cuando Batman revisa la casa de una víctima potencial de Harvey, el autor desarrolla esa acción mediante viñetas pequeñas que agilizan la secuencia al tiempo que muestran lo meticuloso que es el registro que lleva a cabo. Algo parecido vemos cuando Batman escapa del dirigible, otro momento en el que Wagner quiere exponer lo eficiente que es el protagonista en todo lo que hace: la sucesión de viñetas pequeñas bien elegidas en una sola página proporciona la máxima cantidad de información en el mínimo espacio físico y temporal. Nos informan de todo lo necesario para entender lo que ocurre y, además, dan la impresión de que Batman se mueve más rápido que una persona corriente porque sabe exactamente lo que tiene que hacer y cómo. Wagner es tan guionista como dibujante y comprende perfectamente el potencial expresivo y narrativo de la imagen. Por tanto, no tiene inconvenientes en eliminar el texto cuando éste no es necesario o cuando interfiere en la composición gráfica de la página.

En lo que se refiere al dibujo, merece destacarse lo bien compenetrado que se halla con la historia en lo que se refiere al diseño de los personajes. Su Batman, por ejemplo, es una figura flexible que recuerda más a la primigenia versión de la Edad de Oro que al gigantón supermusculado con que nos castigan muchos artistas más modernos. En este sentido, comparte características con la otra creación de Wagner, “Grendel”: ambos son ágiles y esbeltos al tiempo que luchadores sobresalientes. Bruce Wayne también tiene un porte elegante e impecable. En la Gotham imaginada por Wagner, es un auténtico aristócrata de sangre azul. Ha habido autores que han optado por un Wayne que se siente incómodo en su papel de millonario mujeriego; para éstos, Bruce Wayne no existe como tal, es sólo una fachada de su verdadera naturaleza: la del justiciero Batman. Por el contrario, Wagner entiende que antes de que sus padres murieran asesinados, Bruce ya había sido educado como un miembro de la élite social y económica de la ciudad; tras sus muertes, ese aspecto de él no experimentó cambios y, ya adulto, fue necesario mantener viva esa parte de su vida para evitar atraer sospechas sobre sus actividades como justiciero. De este modo, Bruce Wayne, aunque sí sirve como “mascara”, tiene tanta entidad propia como Batman: ambos son “dos caras” de una misma persona.

Paul D´Urberville, tal y como apunta su nombre de resonancias góticas, parece estar
consumiéndose durante toda la historia: pálido, enfermizo y ajado más allá de su aparente edad. Nelson Wren es pequeño, tímido e inseguro, una presa fácil para Manon. Wagner lo dibuja de forma tan acertada que en lugar de sentir rechazo hacia un individuo cuya ambición y lujuria le lleva a la traición, el lector no puede sino comprender que pierda la cabeza por Manon y caiga en una encrucijada moral.

Al final, “Rostros” es una historia que, pese a sus defectos de guión, ha aguantado bien el paso del tiempo. Veinticinco años nada menos han pasado desde su publicación original, pero su particular estética retro la conserva en una suerte de burbuja temporal y su guión evita acertadamente cualquier referencia a una época concreta. Aunque la trama contenga fallos de bulto, es un comic disfrutable siempre y cuando se deje a un lado la lógica. Con todo, esta saga resulta esencial para entender el personaje de Dos Caras, no porque complete huecos de su biografía sino porque profundiza en su retorcida mente más y mejor que otros autores. Además, las páginas dibujadas por Wagner son una delicia para la vista.

Recomendable para todos los seguidores de Batman y cualquiera que busque un tebeo de superhéroes que, sin ser excepcional, sea entretenido y ofrezca una notable factura gráfica.




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