23 jul. 2016

1982-TORPEDO 1936- Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet




Torpedo, el asesino profesional de siniestro humor y carente de todo escrúpulo, es sin duda uno de los personajes más populares de la historieta española. No sólo sus comics disfrutan de continuas reediciones sino que dio el salto al teatro y al dibujo animado (y casi, casi, al cine, de no haber sido porque los autores se negaron a dejarse timar renunciando a sus derechos de autor sobre el producto). Además, es uno de los comics españoles más conocidos en el extranjero, logro doblemente meritorio si tenemos en cuenta que buena parte de su encanto reside en los giros, juegos de palabras y faltas gramaticales que difícilmente pueden hallar una buena traducción al inglés, alemán o noruego.



El padre de la criatura fue el guionista Enrique Sánchez Abulí en 1981. Por entonces, el escritor trabajaba para el editor español Josep Toutain. El embrión de lo que se convertiría en Torpedo se encuentra en un guión que le encargó uno de los colaboradores de Toutain, Marcelo Miralles, con el fin de probar a un dibujante novel. Los requisitos eran muy sencillos: tan sólo debía aparecer en él una rubia y un gángster. Pero cuando Toutain lo leyó, haciendo gala de su buen instinto, decidió no desperdiciarlo con un dibujante inexperto y, en cambio, producir toda una serie en torno al personaje.

Desde hacía años, Toutain, en su calidad de agente artístico, mantenía estrechos contactos con editoriales y autores norteamericanos (desde Jim Warren a Richard Corben). Gracias a él muchos dibujantes españoles pudieron ver sus trabajos publicados en Estados Unidos y viceversa. Para esta nueva serie gansteril, Toutain contactó con el veterano Alex Toth, uno de los artistas más elegantes e influyentes del medio, especializado en la recreación de atmósferas para historietas de ambientación retro, sobre todo de los años treinta y cuarenta en las que aparecieran antiguos automóviles y aeroplanos. En estos casos, sus viñetas parecían fotogramas de viejas películas de James Cagney o Errol Flynn, lo que hacía de él, teóricamente, el artista ideal para “Torpedo”.

En las dos primeras y únicas historietas de Torpedo de las que se encargó, Toth recurre al uso intensivo de las siluetas y el claroscuro para perfilar volúmenes, ayudado por sus enérgicas líneas para marcar el movimiento. Es, sin duda, un notable trabajo desde el punto de vista artístico pero, por desgracia, el personaje tal y como lo presentaba Abulí le provocaba una repugnancia moral
irrefrenable. Y es que cuando le presentaron el proyecto, Toth (que, por cierto, fue el que aportó el nombre de “Torpedo”) tenía en mente la imagen de un gangster, digamos, “más a la americana”: atractivo, carismático, con un halo de leyenda e, incluso, cierta justificación para sus acciones. En cambio, lo que se encontró fue un asesino absolutamente amoral que, además, no recibía castigo alguno por sus horrendos crímenes. Toth quería suavizar al personaje y se sentía incómodo con los tacos y palabrotas y el explosivo contenido sexual. Abulí tenía las cosas muy claras y se negó a efectuar modificación alguna. Era una relación imposible y, declarando incompatibilidad moral con el personaje, Toth abandonó la serie tras sólo dos historietas.

Se ofreció entonces el personaje a Jordi Longarón o Frank Robbins, pero la iniciativa no fructificó hasta que dos años después, en 1982, fue finalmente Jordi Bernet quien aceptó los guiones de Abulí, un reemplazo que no pudo ser más adecuado. Su estilo bebía claramente del de Toth aunque sus líneas y figuras resultan algo más toscas, más viscerales y con cierto deje caricaturesco en
contraste con el realismo de Toth. Igualmente, se dejó influir por maestros como Joe Kubert y películas clásicas de serie negra de los años treinta y cuarenta rodadas en un evocador blanco y negro. De esta forma, la transición entre ambos dibujantes resultó algo natural, porque Bernet ofrecía en sus páginas las mismas fortalezas que Toth: un bien planificado minimalismo, manejo expresionista de la iluminación, magnífica caracterización de personajes, creación de volúmenes y espacios mediante contrastes de luz y sombra, fondos detallados cuando es preciso, composiciones de viñeta limpios y claros y representación enérgica del movimiento. También introdujo cambios en el aspecto físico de Torpedo, haciéndole menos atractivo y dando a su rostro un aspecto más anguloso y una mirada a ratos gélida y a ratos feroz.

Salvo una etapa en la que el personaje se embarcó en historias de larga duración, el “Torpedo” clásico consiste en historias cortas autoconclusivas de ocho o diez páginas que no guardan continuidad entre sí, lo que proporciona a lector y guionista una libertad especial: por un lado, permite a cualquier lector introducirse en la serie sin necesidad de
conocimientos previos sobre personajes o tramas; por el otro, Abulí puede plantear sus historias sin las ataduras de lo sucedido en pasados episodios. Por su parte, Bernet escoge una composición de página estable de tres filas de dos viñetas, una elección basada en favorecer la legibilidad sobre el puro estilismo.

¿Pero quién es Torpedo? En realidad, “Torpedo” no es sino una palabra de argot que en los Estados Unidos de los años treinta servía para designar a los asesinos a sueldo, alguien que una vez ha cobrado su salario por liquidar a alguien, ya no hay nada que los detenga. El protagonista se llama en realidad Luca Torelli y, tal y como nos contarán sus autores a lo largo de la primera etapa de la serie, nació en la Sicilia profunda, la de las vendettas y los mafiosi, aunque emigrará aún muy joven a Nueva York, como tantos de sus compatriotas, a principios del siglo XX. Criado en los barrios más humildes de la ciudad, en un ambiente dominado por el crimen organizado, el joven Luca no tardará en convertirse, ya muy joven, en un despiadado asesino cuyas únicas motivaciones son el dinero y la venganza. Aficionado a las mujeres, impenitente fumador, siempre impecablemente vestido, Luca es también un individuo cínico, violento, egoísta,
orgulloso, cruel y rencoroso, un desalmado que no siente lástima por nadie y que a nadie le perdona nada, ya sea una ofensa o un mísero puñado de dólares. Ni siquiera con su inseparable y leal esbirro Rascal se comporta mejor de lo que lo haría con una mascota. ¿Cómo es posible, entonces, que Torpedo, un canalla integral, se haya convertido en un personaje tan popular?

Sin duda una de las claves del éxito de la serie ha sido su negro sentido del humor, articulado sobre todo en los comentarios y diálogos de Luca. Su incultura y regular dominio del idioma –recordemos, es un inmigrante- hace que cometa faltas de gramática, equivoque los refranes y las citas o trabuque las palabras, dando lugar a resultados hilarantes. Es más, en muchas ocasiones no se sabe si está cometiendo un error o haciendo deliberadamente un chiste. Esos textos, ya sean en forma de diálogos corrosivos y directos o como narración en primera persona, ayudan a aliviar el escabroso contenido de las escenas a las que acompañan y a digerir la violencia, pero también enfatizan aún más si cabe el caracter amoral del personaje.

Además del humor, la naturaleza políticamente incorrecta del personaje fue otro de los factores
que contribuyeron a destacar la serie sobre las demás. No sólo son éstas historias sin héroes, sino que el protagonista, además de ser un criminal peligroso, no recibe su merecido y tampoco se redime. El mismo enfoque que había hecho renunciar a Alex Toth a dibujar la serie, fue bien recibido por muchos lectores, que encontraron estas explosivas píldoras transgresoras y refrescantes. El empeño de los autores por mostrar el lado más canalla de Luca Torelli, no obstante, levantó alguna que otra polémica no tanto por la violencia (que también) como por la forma de tratar a las mujeres. Machista convencido y militante, Luca utiliza a las mujeres como meros desahogos sexuales y no tiene reparos en violar o chantajear a la muchacha de turno para que se someta a sus deseos; en alguna de sus historias aparecen pederastas o prostitutas menores de edad (lo que motivó la censura del diario “El País”, donde ese episodio en concreto iba a ser publicado originalmente)… Bernet enfoca visualmente estos sórdidos temas de forma impecable y de manera mucho menos agresiva que otros comics mainstream que se verían en años posteriores –véanse, por ejemplo, muchos de los firmados por el guionista Garth Ennis-, pero aún así los autores recibieron su dosis de crítica, a lo que respondieron sensatamente que sólo se trata de ficción y que no se hace apología de nada. Es el retrato de un criminal integral y en ningún momento se le presenta como un héroe ni se trata de justificar sus actos.

Las historias se alimentan tanto de tópicos y figuras extraídos de películas clásicas del género de gángsters (“Enemigo Público”, “La Jungla de Asfalto”, “Al Rojo Vivo”…), como de la realidad del mundo criminal americano de aquellos años: contrabandistas, mafiosi, policías irlandeses corruptos, tenderos asfixiados por las deudas, mujeres fatales, prostitutas, músicos de jazz, inmigrantes, bandas rivales, vendettas, ejecuciones, millonarios en apuros, soplones, atracos, combates de boxeo amañados, jugarretas, ajustes de cuentas, palizas por encargo, metralletas, dopaje de caballos de carreras, ley seca…

Desde su nacimiento hace treinta y cinco años en el número 32 de la revista “Creepy” (febrero
1982), Torpedo no ha abandonado ya jamás el panorama viñetero español. Su éxito le abrió las puertas de diferentes revistas con el paso de los años (“Zona 84”, “Thriller”, “Comix Internacional”, “Tótem”, “Luca Torelli es Torpedo”, “Co&Co” o “Viñetas”), propiciando varias reediciones en diferentes formatos, siendo el último y definitivo el realizado por Panini recogiendo todo el material existente en un grueso volumen. Supongo que esto es cuestión de gustos y opiniones, pero la mía es que las primeras treinta o cuarenta historias son realmente geniales –siempre que uno sea capaz de disfrutar del humor corrosivo y sangriento de Abulí-, comprimidos de buen hacer argumental y gráfico rebosantes de violencia y erotismo. En tan solo ocho páginas, Abulí y Bernet narran una historia completa con su planteamiento, nudo y desenlace, presentando en cada episodio nuevos personajes secundarios bien definidos, aportando toda la información necesaria para entender la situación y dejando espacio para esos diálogos trufados de humor negro tan característicos de la serie.

Ahora bien, más allá de este punto, la chispa inicial se apaga un tanto y los juegos de palabras empiezan a sonar algo repetitivos. Los autores siguen haciendo gala de su talento, pero la novedosa propuesta inicial acusa cierto desgaste. Por otra parte, las situaciones que funcionan bien en una historieta corta no dan el mismo resultado si se integran como meros pasajes en una trama más larga –a veces innecesariamente estirada- , quedando diluidas su intensidad dramática, fuerza paródica e impacto humorístico. Por no hablar del tremendo error que supuso empezar a colorear la serie (entre 1987 y 1991, durante su publicación en “Totem”), una decisión que se apoyaba en el intento de mejorar las ventas cuando lo que en realidad se hacía era estropear el potente blanco y negro de Bernet y desnaturalizar el espíritu original de la colección.

La última historia de Torpedo apareció en el año 2000. La serie llegó a su final, tras 61 historias a raíz de un desencuentro entre ambos autores que parece más motivado por el orgullo o alguna rencilla mal cerrada que por otra cosa: el cantante Loquillo citó en uno de sus discos sólo a Bernet como creador de Torpedo, “afrenta” que llevó a Abulí a interponer una demanda contra ambos
que terminó en absolución pero que deshizo la asociación creativa y personal entre los dos creadores. Abulí ha afirmado tener más historias en mente, pero no parece dispuesto a que sea Bernet quien las dibuje; y éste se halla tan unido al personaje que resulta difícil imaginar otro artista que pueda ocupar su lugar.

“Torpedo 1936” es un comic criminal de impecable factura que homenajea y al tiempo satiriza los tópicos del mundo gangsteril americano de los años treinta. No es un comic apto para todas las sensibilidades: independientemente de su
categoría artística, muchos lectores encontrarán molesta la naturalidad con la que el personaje, capítulo tras capítulo, dispensa violencia de todo tipo sin remordimiento ni castigo alguno. Es un comic crudo sobre lo peor de la naturaleza humana, protagonizado por un individuo despreciable y sin redención posible. Pero a pesar de ello –o quizá precisamente gracias a ello- fue premiado en el prestigioso festival de Angouleme con el galardón al Mejor Álbum Extranjero en 1986, y sus peripecias han sido leídas por miles de aficionados de países tan dispares como Alemania, Suecia, Italia o Estados Unidos. Apreciado por creadores de la talla de Federico Fellini y Frank Miller, es no sólo una obra clave del tebeo español sino del comic de serie negra mundial.

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