21 jul. 2016

1973- CONAN - Roy Thomas y John Buscema (3)




(Viene de la entrada anterior)

La siguiente minisaga empieza en el número 66 (septiembre 1976), en el que Conan regresa a Messantia, de donde tuvo que huir apresuradamente acusado del asesinato de un guardia justo antes de conocer a Belit, que ahora le acompaña en esta incursión nocturna para vender parte de su botín al traicionero mercader Publio. Éste les tienta con el robo de una página del valioso libro de Skelos, un legendario manual de brujería que se custodia en un templo. Por supuesto, las cosas no salen como se esperaban y en la última página del número asistimos a la reaparición de Red Sonja.


Y en el 67 (octubre 1976), “Las Garras del Hombre Tigre”, llega el momento que muchos lectores habían estado pidiendo: el duelo entre Belit y Red Sonja, un combate que propician los celos de la primera. Como no podía ser de otra manera, Sonja supera a la pirata con la espada y cuando ésta decide continuar la lucha con la daga, la pelirroja decide que su verdadero objetivo no es demostrar nada a su temperamental adversaria sino robar la página del libro, cosa que hace con insultante facilidad escapando de Conan y Belit.

A Thomas se le acusó de sexismo durante años por la forma en que trataba a los personajes femeninos, y desde luego este número no debió hacer mucho por suavizar esa reputación. Sonja y Belit son incapaces de mantener una sencilla conversación sin empezar a luchar como gatas celosas; y Tara, que fue presentada como una temperamental e inquieta muchachita, ahora ha quedado reducida vía su embarazo a un mero espectador consumido por el miedo.

Aunque Buscema realiza un trabajo tan competente como de costumbre –aunque con un entintado muy irregular en el que se notan demasiadas manos- y participan tres personajes de gran carisma,
Thomas no acaba de decidirse por el tema de la misma. Una de las tramas es rápidamente descartada a favor de otra secundaria en la que quiere recuperar a Tara y Yusuf, que habían quedado abandonados en Messantia números atrás. Justo en la última página, Yusuf proporciona la clave de la búsqueda de la página del libro de Skelos, un intento torpe de fusionar ambas tramas. Tampoco Conan parece muy fino en esta aventura: sus legendarios sentidos aguzados por las batallas no le permiten distinguir durante cinco viñetas que Tara tiene un vientre de embarazada del tamaño de una pelota de playa. Ni siquiera está acertada la portada dibujada por Gil Kane, en la que aparece la típica doncella amenazada por un monstruo con el héroe titular a punto de entrar en acción. No es sólo que esa mujer no se parezca absolutamente nada a la Tara que podemos encontrar en el interior, sino que resulta inexplicable por qué no utilizaron el esperado enfrentamiento entre Sonja y Belit como cebo para los lectores.

La trama continuaría no en el siguiente número de Conan, sino en el nº 7 de “Marvel Feature”
(noviembre 1976), una colección que era básicamente la plataforma de prueba de Red Sonja puesto que desde su primer número había sido el personaje titular. Conan y Sonja continúan la persecución del libro de Skelos en una historia más bien poco interesante escrita por Thomas y dibujada por Frank Thorne, un artista con un estilo bastante alejado del estándar Marvel, pero cuyo trabajo aquí, a pesar de su original composición de página, resulta tosco a causa de un entintado –aplicado por el propio Thorne- pesado y poco acabado. No es ni de lejos un número memorable, pero lo cierto es que debió gustar lo suficiente como para que los editores decidieran cancelar “Marvel Feature” y darle a Red Sonja su propia cabecera.

Por si tres de los personajes más icónicos del universo hibóreo creado por Howard no fueran suficientes, Thomas añadió otro más a la mezcla. En el nº 68 (noviembre 1976), Conan, Belit y Sonja se encontrarían nada más y nada menos que con Kull, rey de Valusia y antepasado espiritual de Conan. Es una historia cuyo único aliciente es ver a los dos mejores guerreros de sus respectivas épocas cruzar las espadas, pero la historia es bastante floja a todos los niveles. La excusa argumental para traer del pasado a Kull es simplona e inverosímil incluso para esta colección, el combate entre los dos no lleva a ninguna parte, Sonja y Belit son poco más que convidadas de piedra, la despedida entre ambas es sosa y, para colmo, John Buscema demuestra que, pese a ser un maestro de la figura y el movimiento, su dibujo en Conan siempre necesitó de un entintador que diese consistencia a su línea, mejorase los fondos y embelleciese el aspecto general.

El nº 69 (diciembre 1976) es otro episodio autoconclusivo a caballo entre dos sagas, pero en esta ocasión Thomas acierta al marginar la acción y la violencia a favor de la creación de una
atmósfera de suspense y terror. Conan narra a Belit un episodio de su juventud y la escalofriante experiencia que vivió al ser hecho prisionero en una aldea de pescadores diezmada por una criatura monstruosa que había asumido el aspecto de uno de ellos. Además, está dibujado por el muy caro de ver Val Mayerik, cuyo lápiz deudor de Neal Adams viene aquí reforzado por el sólido entintado de La Tribu.

Los dos siguientes números, 70 y 71 (enero y febrero 1977) constituyen una única historia en la que Conan, Belit y sus piratas acceden a actuar como mercenarios protectores de la ciudad de Kelka sólo para darse cuenta demasiado tarde que han sido traicionados y que el gobernante de la plaza sólo los quería como sacrificios con los que reforzar su poder ante el pueblo. Otra aventura en la que Thomas equilibra perfectamente las batallas, el suspense, la traición, las evasiones, un épico final y momentos intimistas en los que centrarse en la tormentosa relación de Conan y Belit. Además, tenemos la bienvenida reentrada de Ernie Chan (aquí ya se había cambiado el apellido) como entintador regular de la colección. Su trabajo en estos dos episodios puede contarse entre lo mejor de su
producción. El número 70 se abre con una magnífica página-viñeta que demuestra lo grande que podía ser el equipo Buscema-Chan: un navío a merced de una tempestad en la que la lluvia se representa como violentos cortes blancos sobre el negro fondo de la noche. Resulta tan convincente que prácticamente se puede oír el viento rugir y la lluvia repiquetear sobre la cubierta.

El primer año de la saga había servido para fijar los personajes principales y secundarios, su relación y motivaciones. Tras poco más de una docena de números dedicados a mini-sagas y aventuras independientes en el mar o en las zonas costeras, había llegado el momento de abordar lo que Belit más deseaba y temía: recuperar el trono que por herencia le correspondía, aunque fuera de forma un tanto sobrevenida. Así, en “Venganza en Asgalún” (nº 72, marzo 1977), Conan y Belit se ven obligados por la enfermedad del tutor de aquélla, N´Yaga, a infiltrarse en el palacio real de Asgalún para robar una medicina que sólo allí puede encontrarse. La ciudad se ha convertido en una colonia estigia y su rey, Nim-Karrak, en un títere al que se enfrenta Belit sólo para enterarse de que su
padre podría estar aún vivo, retenido como rehén en la capital de Estigia, Luxur. A raíz de esa revelación, Belit emprende una búsqueda que la llevará –junto a Conan, naturalmente- al corazón de Estigia y que se prolongará hasta el número 89.

Por el camino, habrán de hacer frente a la traición de parte de sus piratas y el monstruo custodio de un tesoro en una isla perdida (nº 73), se encontrarán con la misteriosa Neftha, que se ofrece a guiarles hasta las mismas estancias del palacio de Luxur, y lucharán contra una serpiente gigante frente al puerto de la ciudad de Khemi, capital religiosa de Estigia, cuyos barcos incendiarán en una hazaña de la que se hablará durante décadas (nº 74), viajarán río arriba por el Styx, sufrirán el ataque de los jinetes montados en colosales halcones (nº 75) y se involucrarán en las luchas de poder de los dos hermanos gobernantes de la ciudad independiente de Harakth (nº 76 y 77).

En el 79 (el 78 reeditó material de “La Espada Salvaje de Conan”) se produce una suerte de hiato en esta búsqueda del padre de Belit. John Buscema hubo de ausentarse durante una temporada y Thomas escribió un largo fill-in que se extendería hasta el número 83 y en el que Conan, separado de Belit pero aún en Estigia, es enviado a una misión “diplomática” que, como era de esperar, acaba siendo más turbulenta de lo que esperaba. Encuentra la ciudad de Attalus, una suerte de colonia griega enclavada en un valle de difícil acceso, dirigida por mano férrea por el gigantesco Iskander, descendiente de un legendario conquistador claramente inspirado en Alejandro Magno. Conan se ve primero forzado a asumir el poder de la ciudad para repeler una invasión y luego, en su viaje de vuelta a Harakht para reencontrarse con Belit, luchar contra la brujería vudú en una asfixiante región pantanosa. Son historias en la línea de lo ya habitual en la colección, bien escritas aunque sin aportar nada realmente novedoso y, en esta ocasión, claramente estiradas (hay páginas enteras en las que no pasa nada) para dar tiempo a Buscema a reintegrarse a su puesto como dibujante oficial.

En estos números fue Howard Chaykin el encargado de sustituir a Buscema. Aunque su dibujo
distaba ya entonces del de aquél, la coherencia gráfica de la colección se mantiene gracias al acertado y puntilloso entintado de Ernie Chan. Chaykin era ya por entonces un artista brillante que había asombrado a todos con comics como “Ironwolf “ o “Cody Starbuck”, pero que alternaba esas obras más personales con encargos comerciales como este de Conan. Su cimmerio es excesivamente musculoso, hinchado hasta el punto de lo inverosímil. A cambio, ofrece un estilo de composición de página y viñeta menos convencionales que los de Buscema, lo que insufla un aire diferente a la colección y anima algo lo que por otra parte son historias, como ya dije, excesivamente lentas.

En el número 84, ya con Buscema de regreso en la colección, Roy Thomas retoma la búsqueda de Belit por tierras Estigias. De vuelta en Harakht, ignorante de que su compañera ha tenido que huir apresuradamente de allí, Conan es hecho prisionero. Conoce a Zula, un esclavo negro que le salva la vida y le ayuda a escapar a cambio de que Conan le acompañe en su propia misión de venganza sobre un
antiguo amo. Mientras tanto, Belit y Neftha llegan a Luxur y, merced a los conocimientos mágicos de la segunda, penetran en el palacio real.

El número 85 es un episodio de transición que le sirve a Thomas por una parte para recopilar lo sucedido hasta ese momento (un resumen que ocupa nada menos que tres páginas y que nada aporta al lector fiel) y, por otra, para narrar la trayectoria de Zula, un personaje que probará ser fundamental en los acontecimientos por venir y que volverá a aparecer en una etapa más tardía de la vida de Conan décadas más tarde. Aquél resulta ser el último de una tribu exterminada por un grupo rival y que fue vendido como esclavo a un poderoso mago del que, con el curso de los años, aprendió rudimentos de magia y del que ahora busca vengarse.

La misión de Belit llegará a su clímax en los números 86 a 89 (el 87 contenía, una vez más,
reediciones de material aparecido en “La Espada Salvaje de Conan”, probablemente por no cumplir Buscema otra vez las fechas de entrega,). Conan y Zula se infiltran en la capital de Estigia, Luxur, en busca de Belit, con la que se reúnen no sin antes tener que hacer frente a un horrible monstruo que mora en los subterráneos. Otra vez, los protagonistas se verán atrapados en una lucha de poder entre un rey niño débil y dominado por su consejero-brujo y la maquiavélica aspirante al trono que resulta ser Neftha, intriga a la que se une nada menos que Thoth-Amón, el malvado mago que será presencia recurrente en la vida de Conan durante muchos años.

El nº 90 no es más que una aventura autoconclusiva sin demasiado interés que precede a lo que será la recta final de esta gran saga. Porque tras fracasar en su intento de hallar vivo a su padre en Estigia, en el 91, “Violencia en Shem”, Belit regresa a su ciudad dispuesta a reclamar su derecho al trono, acabar con su usurpador tío y expulsar al ejército de ocupación. Hay aquí momentos de ternura y sensualidad, como la repetición –ahora mucho más voluptuosa y explícita- del baile seductor que Belit ejecuta para Conan o su encuentro a la mañana siguiente; de humor, como la demostración de Zula de sus poderes de hipnosis; pero también, y esto será ya una
constante en la serie, de oscuras premoniciones respecto al futuro cuando un anciano N´Yaga confiesa sus preocupaciones a Zula.

No era ni mucho menos la primera vez que Thomas escribía una historia de Conan en la que éste se veía envuelto en las intrigas políticas de alguna ciudad hibórea. Pero los números 90 al 93 (El nº 92 sería un fill-in sin el menor interés con dibujos de Sal Buscema) tienen una importancia especial por tres razones. Primero, porque constituirá un momento clave en la vida de Conan y Bélit. Ésta, finalmente, sólo será reina por unos instantes antes de desprenderse de la corona sabedora de que su “trono” está en su barco, el Tigresa, y que la vida e intrigas de la corte no son para ella. Es ahora cuando descubre que su auténtica motivación había sido siempre la de vengarse de su tío, Nim-Karrak y que su hogar está en los mares junto a Conan.

En segundo lugar, porque Thomas consigue comprimir en tan solo dos episodios un argumento con más peones de los habituales, todos ellos inmersos en un complicado juego de poder: el rey Nim-Karrak y sus “carceleros” estigios, la guardia de élite
hyrkania, los mercenarios kushitas, un forastero aspirante al trono, el manipulador consejero y brujo del rey y un desgraciado vividor al que escogen como chivo expiatorio. Y, por último, porque, al término de la historia, Thomas deja dispuesta la situación política de Asgalún para que coincida con la expuesta por L.Sprague de Camp en su novela corta “Halcones sobre Shem”, ambientada años después en la vida de Conan (y que recibiría adaptación gráfica en el número 36 de “La Espada Salvaje de Conan”, aparecida el mismo mes que el último número de ese arco argumental en “Conan el Bárbaro”).

La historia principal continuaría en el 94, “El Rey de las Bestias de Abombi”, dando inicio al último arco de esta etapa. Zula y algunos corsarios se separan amigablemente de Conan y Belit para seguir su propio camino y sólo muchos años después sus volverían a encontrarse en “Conan el Conquistador”. Al regreso al sur, Belit se da cuenta de que su posición y prestigio entre las tribus de las costas negras han quedado en entredicho por el ascenso de Ajaga, un cruel aspirante a emperador capaz de controlar a los animales, de los que se sirve para aterrorizar a los habitantes de toda la región. Belit tiene muy claro lo que ha de hacer: “debemos derrotar a Ajaga (…) para recuperar nuestra posición en la
Costa Negra. No abdiqué de un trono tan sólo para entregar el otro a un loco”. Este comentario denota un sutil pero determinante cambio en el personaje: de ser una corsaria violenta y despiadada que exigía tributo en concepto de “protección” a las tribus costeras pasa a ejercer de maternal reina autocoronada para sus antiguos chantajeados. Su espontaneidad y salvajismo se transforman en una frialdad obsesiva, un cambio que no le sienta bien y del que ya no cabrá marcha atrás.

Ajaga resulta ser un adversario formidable y esta aventura, que se prolongará hasta el número 99, lleva a Conan a retomar su “identidad” de Amra, título que reconoce Sholo, el león negro que había sido compañero del hombre al que él mató, primero en llevar ese nombre. A estas alturas, se pone de manifiesto el cansancio de Thomas como escritor de la serie tras nueve años como director absoluto del destino del personaje. Es una historia con excelentes momentos (en especial su prolongado y épico clímax)
pero alargada en demasía, con un Conan que se va enfrentando predeciblemente a diversos animales enviados por Ajaga en su búsqueda de una Belit que, a pesar de su cacareada fiereza y pericia guerrera, se ve de nuevo forzada a ocupar el rol de damisela en peligro a la espera de que su héroe la rescate.

Ese agotamiento de Thomas vuelve a aflorar en los nº 98 y 99, aventuras menores de piratería con las consabidas criaturas monstruosas que sólo sirvieron para hacer tiempo antes del gran final de la saga de Conan y Belit y hacerlo así coincidir con el número 100 (julio 1979): “Muerte en la Costa Negra”. En ese punto, Conan llevaba ya tres años viajando por los mares del sur a bordo del Tigresa junto a su temperamental capitana. Pero Belit, tras haber satisfecho su venganza contra el asesino de su padre, no había alcanzado la paz. Seguía ansiando la riqueza, aun cuando la obtención de ésta la llevara a arriesgar su vida y la de sus hombres. Su tripulación, muy mermada y necesitada de descanso y refuerzos, empieza a murmurar y Conan y el anciano consejero N´Yaga temen que ni siquiera la supuesta divinidad de Belit detenga un motín. Era un preludio ominoso que seguiría cobrando peso al internarse el Tigresa, pese a los augurios, en la siniestra embocadura de un río maldito; y cuando
Belit, prediciendo quizá lo que iba a ocurrir pero incapaz de sustraerse a su destino, jura a Conan volver de la muerte para salvarlo cuando él más la necesite… Al final ocurre lo que tiene que ocurrir puesto que así lo había determinado cuarenta años atrás Robert E.Howard en su relato original, pero Thomas lo narra con un pulso y una melancolía memorables.

Y así llega el final de una época. Este largo recorrido de casi diez años y cien números, que se divide a su vez en la etapa dibujada inicialmente por Barry Smith y la que continuó luego John Buscema, son lo único que me podría atrever a recomendar sin reservas de esta colección a los amantes del comic de espada y brujería o del propio Conan. Eso sí, como ocurre en cualquier obra episódica (ya sea una colección mensual de comics o una serie televisiva semanal) hay que tener en cuenta que se alternan momentos memorables con otros totalmente prescindibles. Pero Thomas supo entender y transmitir en sus guiones el espíritu y estilo de la antigua literatura pulp de comienzos del siglo XX, aunque esto a la postre se acabó convirtiendo en una limitación temática y formal. Ver mes tras mes a Conan luchar contra monstruos gigantes o brujos mientras salvaba a la chica de turno terminó resultando monótono. Sin embargo, gracias primero a la especial belleza del dibujo de Smith y luego a la introducción como coprotagonista de
la carismática Belit, hicieron que, aunque no podamos estar hablando de obra maestra en términos globales –aunque algunos episodios de Smith merecen tal consideración- sí se trata de comics de aventuras muy entretenidos que, además y esto no es poco, han envejecido bastante bien.

Los cuarenta y tantos números que constituyen la saga de Conan y Belit no son perfectos. Hay demasiados animales salvajes, una copia barata de Tarzán, media docena de episodios de relleno basados en historias de Howard no protagonizadas por Conan y un capítulo (el 99) con unos hombres-cangrejo tan estúpidos que incluso Roy Thomas se avergüenza de él. La verborrea de Thomas tratando de emular la prosa de Howard puede resultar algo cargante –especialmente para el lector moderno, más acostumbrado a diálogos rápidos y textos de apoyo ligeros y menos grandilocuentes- . Era una forma de hacer comic diferente a la actual, más preocupada por dignificarse mediante la prosa que por alcanzar todo su potencial narrativo. A ello se sumaban las pretensiones literarias de un guionista que nunca pudo ascender de categoría –ni falta que le hizo para atraerse el agradecimiento y admiración de muchísimos aficionados-.

Pero también tenemos a un John Buscema y un Ernie Chan en plenas facultades; la naturalidad, sencillez y elegancia naturales del primero se combinaron con una rara perfección con el barroquismo de las tintas del segundo; y, desde luego, a Belit, un personaje tan atormentado y genuino como seductor. Cuando Belit encuentra su fatídico destino y Conan guía su pira funeraria flotante hacia el mar, contemplándola perderse en el horizonte mientras lo vemos llorar por primera vez, no podemos sino sentir al tiempo tristeza por la desaparición de la inolvidable pirata y alegría porque se haya producido de una manera tan memorable.

Pero todo tiene un final, aunque la empresa se niegue a reconocer que la gallina ya no dará más
huevos de oro y continúe exprimiéndola más por inercia que por fe en que pueda sorprendernos otra vez. Así, con el Tigresa en llamas desapareciendo al alba por el horizonte, también se esfumó una era para el personaje. Thomas aún permanecería unos meses más en la colección, pero el agotamiento de la fórmula era ya más que evidente. El guionista fue paulatinamente perdiendo el interés en Conan (quizás por su ascenso como Editor Jefe de Marvel) y acabó abandonando la cabecera.

Los posteriores autores no supieron darle continuidad al personaje y optaron por una línea más acomodaticia pero que, a la postre, no tenía salida. Mientras que Thomas se había esforzado por mantenerse fiel a la trayectoria vital del personaje, enlazando coherentemente personajes, situaciones e historias con momentos del futuro biográfico de Conan y haciendo evolucionar gradualmente al protagonista conforme iba madurando, guionistas posteriores se limitaron a narrar “la aventura del mes”, recurriendo a los mismos elementos una y otra vez sin molestarse siquiera en variarlos ligeramente o introducir algún matiz novedoso: Conan peleando con bandidos, soldados o borrachos tabernarios, mujer en peligro, monstruo grotesco y brujo perverso. Eran episodios mediocres que John Buscema siguió dibujando por inercia con evidente poco interés.

Roy Thomas regresaría al personaje años después, pero ya era demasiado tarde. El mercado había cambiado y los lectores y antiguos aficionados al personaje hacía tiempo que habían desertado. Ni siquiera Marvel se molestó en asignar un equipo artístico decente a la colección, que acabó cancelándose con la consiguiente pérdida de derechos sobre el personaje.

El número 100, por tanto, es un buen momento para apearse de la colección regular de “Conan el Bárbaro”, tras haber asistido a su paso por la adolescencia, sus muchas aventuras, su transición a la madurez y la conquista y ulterior pérdida del gran amor de su vida.



(Continúa en la siguiente entrada)

4 comentarios:

  1. Con lo de Asgalún me subí yo a la cole de crío. Esa parte es lo único que me parece decente, salvo alguna cosa suelta, de esta etapa. Neftha es un personaje interesante y contrasta con los demás personajes femeninos de la serie, una pena que cayese en el olvido porque hubiera sido una buena villana recurrente.

    A mi me parece muy superior a esta etapa la de Owsley, cuyo 1º/2 es dibujada por Buscema. La revindico. Decir que hay que pararse en el nº 100 se ha convertido en un lugar común y por eso ha pasado a no significar nada. La realidad es que los nº 172 al 213 son excelentes y de lo mejor de la Marvel de los 80. En mi blog hablo della por si alguien le interesara.

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  2. ¿Puedes dejar el link de ese artículo? Le echaré un vistazo. Después de lo de Buscema seguí una temporada comprando Conan, pero cada vez de forma más irregular porque lo que leía no me convenció. Sí que hubo una etapa que me pareció más interesante en la que la serie se convirtió en algo más coral, con unos personajes secundarios fijos... pero según recuerdo, no duró mucho y no se si da siquiera para un artículo...

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  3. http://elcritiquitas.blogspot.com.es/2009/10/relecturas-lxxiii-el-conan-de-j-owsley.html
    http://elcritiquitas.blogspot.com.es/2009/11/relecturas-lxxiv-el-conan-de-j-owsley.html
    http://elcritiquitas.blogspot.com.es/2009/12/el-conan-de-j-owsley-parte-iii-epilogo.html

    2 advertencias: los post seguramente sean pesados de leer y el Conan de Owsley no es el de Howard, ni el de Thomas, ni siquiera el cliché de Marvel, es más bien el héroe de acción que triunfaba en los 80 en el cine: solitario, taciturno y duro.

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  4. Gracias antonio, los leeré con atencion...

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