29 jun. 2016

2004-ASTONISHING X-MEN – Joss Whedon y John Cassaday (y 2)

 

(Viene de la entrada anterior)

Whedon no tiene reparos en demostrar su apego a la etapa más clásica de los personajes y crear con ello un vínculo con los lectores veteranos que abandonaron los comics de los X-Men sobrepasados por el maremagnum editorial de los noventa. De esta forma, trae de vuelta elementos de los años en que Chris Claremont estuvo al frente de la colección (como el Club Fuego Infernal o el dragón mascota de Kitty, Lockheed) y construye un relato netamente aventurero basado en profecías galácticas y extraños alienígenas.



Hay momentos en los que parece que pone en juego demasiados elementos como para poder desarrollarlos plenamente, favoreciendo la acción por encima de la reflexión. Así, en el primer arco argumental se introduce la noción de la “cura mutante”, pero no se profundiza en su significado y consecuencias sociales, optando en cambio por relegarla al papel de catalizador que únicamente sirva para presentar al malvado antagonista extraterrestre y recuperar a Coloso. Es una idea fascinante sacrificada al remolino de acción y nunca verdaderamente explorada (dicho esto, quizá la noción de una cura mutante resultó a la postre innecesaria dado que en la saga “Casa de M”, publicada por aquellas mismas fechas, se reducía drásticamente el número de mutantes en el Universo Marvel).

Algo parecido ocurre con los principales villanos de esta etapa, especialmente el alienígena Ord. En parte ello se debe a su poco inspirado diseño, pero también a que nunca parezca constituir una seria amenaza para los X-Men. Asusta a los niños y lanza discursos grandilocuentes, pero sus actos nunca quedan a la altura de sus bravatas, ni siquiera cuando vence a los héroes titulares en una brutal escena. En el resto de la saga no pasa de ser un comparsa progresivamente más y más patético, especialmente cuando la acción se traslada a su mundo natal, Breakworld.

En cuanto a Peligro, es otra idea interesante que no acaba de funcionar del todo bien. En su propio arco argumental, cuando la acción queda confinada en la Sala de Peligro y la Mansión, Whedon consigue construir una atmósfera opresiva y amenazante. Pero en cuanto el robot pasa a deambular por el espacio aliándose con otros villanos, pierde gran parte de su atractivo inicial.

Pero si Whedon no nos ofrece una historia particularmente original ni con ideas del todo bien desarrolladas… ¿por qué obtuvieron estos números tanta aceptación por parte de público y crítica? Al fin y al cabo, los comics de superhéroes están repletos de grandes conceptos torpemente desarrollados.

Pues bien, Whedon es un experimentado guionista de cine y televisión que comprende perfectamente que lo que interesa al lector no es tanto el argumento en sí como los personajes que lo desarrollan. Y en este sentido, triunfa plenamente: hay caracterización de personajes, emoción y diálogos agudos y naturales al tiempo. De hecho, ya en el primer número, se diría que Whedon hubiera estado escribiendo las aventuras de los X-Men durante años tal es su grado de conocimiento y comprensión de los personajes. Éstos distan de ser –como ocurre en muchas colecciones- peones intercambiables, clones unos de otros, meros
elementos con los que hacer avanzar la acción hacia la meta buscada. Su forma de hablar y personalidades son tan verosímiles y diversas que cobran auténtica entidad. Nadie parece enfurecerse y empezar a repartir tortazos o transformarse en un ser malvado sin motivos que lo justifiquen en unas historias construidas en base a la interacción de los personajes.

En “Astonishing X-Men” los protagonistas acumulan sobre sus espaldas no pocos traumas. Jean Grey está muerta; el Profesor X ha desaparecido; Genosha y sus 16 millones de mutantes han sido convertidos en cenizas… Los miembros del grupo que aún siguen en pie han abandonado su estilo de vida superheróico para concentrarse en enseñar y educar en el uso de sus poderes a los jóvenes mutantes de la Escuela Xavier. Pero la propia escuela es una olla a presión bullendo con conflictos emocionales. La antigua villana Emma Frost ocupa ahora un puesto relevante en el equipo, en buena medida gracias a su relación sentimental con Scott Summers (alias Cíclope), relación que constituirá uno de los focos de tensión de toda la etapa. Lobezno odia a Scott por haber superado tan fácilmente la muerte de Jean. Kitty Pryde, que regresa a la Escuela para ocupar una plaza de profesora, desprecia y desconfía de Frost por su pasado como villana. Hank McCoy, alias la Bestia, tiene
que enfrentarse a las consecuencias de su mutación secundaria, que ha animalizado su aspecto y amenaza con afectar su intelecto. Y los estudiantes, como siempre, tratan de ajustarse a sus poderes y a un mundo que les teme y odia.

Whedon diseña una serie de historias en las que cada miembro del equipo tiene su ocasión de brillar individualmente. En algunos momentos utiliza el humor para aliviar tensión dramática, pero incluso en los socarrones intercambios dialécticos de algunos personajes se hallan matices que completan su personalidad.

La Bestia muestra más humanidad y profundidad moral en las páginas de “El Don” que en miles
de páginas anteriores de cualquier título mutante. De todos los X-Men, su vida ha sido quizá la más afectada a un nivel personal por sus poderes mutantes. Aunque es una persona amable, caballerosa, generosa y extraordinariamente inteligente, no puede evitar asustar a todo el mundo con su aspecto. Y es por ello por lo que resulta coherente que sea él quien irrumpa en el laboratorio de la doctora Rao y robe la cura para estudiarla. Siente un conflicto interior que Lobezno, con su rudo estilo habitual, no tiene reparos en verbalizar: ¿Ha robado la cura para investigar su sospechoso origen o, más bien, alberga la secreta intención de utilizarla en sí mismo?

Resulta chocante y bienvenida por lo inhabitual la decisión de Whedon de no otorgar a Lobezno un protagonismo especial. De hecho, él mismo ha declarado en más de una ocasión que es un personaje que funciona mejor en pequeñas dosis. Vuelve a recuperar para él su papel de mentor de un pupilo juvenil de sexo femenino, como ya había hecho antes con Gata Sombra o Júbilo. En esta ocasión se trata de otra oriental, Hisako,
alias “Armadura”, una jovencita, como sus predecesoras, decidida y combativa. La relación profesor-estudiante entre ambos se desarrolla con cierta parsimonia hasta que la mente de Lobezno es devuelta por Casandra Nova a la edad de doce años: un miedica de mentalidad conservadora que atenta contra la siniestra seriedad con que muchos autores han querido revestir al personaje.

Como era de esperar, se produjo algo de controversia entre los fans más acérrimos en relación al regreso de Coloso, un personaje que llevaba muerto para el Universo Marvel desde 2001. Es cuestión de opiniones, pero la mía es que, aunque la situación se maneja de manera muy contenida, también resulta algo artificial. Más allá de su relación con Kitty, no llegamos a ver lo que debieran haber sido las devastadoras consecuencias derivadas de esa dramática reaparición tras un largo cautiverio dominado por el aislamiento y las torturas.

Sí en cambio se dedica la necesaria atención a la relación de Coloso con Kitty Pryde. El shock que ésta sufre a causa de la reaparición de su antiguo amor le despierta inseguridades que la hacen vulnerable a la manipulación mental de Casandra Nova. Ésta la sume en una alucinación (excelentemente narrada
por Whedon) que en su mente dura años y en la que experimenta la traición no sólo de Coloso, sino de todos sus amigos. Aunque al despertar sabe que se ha tratado tan sólo de una breve pesadilla, para Kitty resulta tan real que descompone su relación con Coloso durante un tiempo. Por fin encontramos aquí una Kitty adulta, no sólo física, sino emocionalmente, que practica sexo, se enfrenta con descaro a la intimidante Emma Frost, aconseja a los estudiantes más jóvenes y toma sus propias decisiones. A lo largo de los años, Kitty Pryde ha sido un personaje que ha ido entrando y saliendo de la franquicia, pero teniendo en cuenta que Whedon la utilizó originalmente como inspiración para su archifamosa Buffy, no es de extrañar que la integre de nuevo en el equipo y que, en gran medida, ella sea más protagonista que cualquiera de sus compañeros.

Whedon hace también un excelente trabajo con Cíclope retomando la idea de que sus rayos ópticos no son en realidad involuntarios sino una especie de trauma subconsciente. Le da al personaje unas aristas que lo alejan del perfil de tipo gruñón y depresivo que otros guionistas se habían empeñado en asignarle, y ponerle en la piel de un verdadero líder aun cuando pierde temporalmente sus poderes. A lo
largo de toda esta etapa, es Scott, aún penando por la pérdida de su esposa, quien verdaderamente lidera y guía al equipo.

En cuanto a Charles Xavier, el guionista lo aparta deliberadamente de la trama principal, probablemente para permitir a Cíclope desarrollar plenamente su capacidad de liderazgo alejándolo de la sombra de su antiguo mentor. En realidad, el único propósito de la intervención de Xavier en esta etapa es minar la fe y la confianza de Scott –y del resto de los X-Men- en él, enlazando con un tratamiento del personaje que ya habían ido conformando guionistas como Matt Fraction o Ed Brubaker en arcos argumentales como “Complejo de Mesías” o “Nación X” y en los que era presentado como un individuo intransigente y antipático. Aún así, Whedon le regala también a Xavier su propio momento de gloria en la explosiva escena en la que se enfrenta a Peligro.

Mención especial merece la agente Abigail Brand, la directora de S.W.O.R.D, un nuevo personaje que en el último arco argumental pasa a disfrutar de un papel protagonista. Es tan inteligente como despiadada, arrogante y éticamente ambigua, pero a pesar de ello –o quizá precisamente por ello-
entabla una inesperada relación romántica-laboral-intelectual con la Bestia.

Los personajes cobran vida no solo gracias a Whedon, sino al excelente dibujo de John Cassaday, perfectamente sincronizado con el estilo de aquél. Necesitó tres años para dibujar 25 episodios, pero la espera mereció la pena. El no tener que apresurar su trabajo para entregar en fechas concretas le permitió invertir en cada capítulo todo su considerable talento. Su representación de los personajes, sencilla, limpia y con un ligero aire “cartoon”, resulta más afinada y realista que las de sus antecesores gráficos en la serie. Artistas como Jim Lee o Joe Madureira habían establecido la imagen “moderna” de los X-Men, pero al lado de Cassaday, el estilo de aquellos se antoja pasado de moda, aburrido y efectista. Demuestra una aptitud especial a la hora de dar a cada personaje su particular lenguaje corporal y facial –las escenas del Lobezno infantilizado o la Bestia enfurecida son magníficas- así como una meticulosa atención en los detalles tanto en las figuras (por ejemplo, la barba progresivamente más espesa de algunos personajes según pasan los días) como en los fondos, que no duda en sacrificar en los momentos en los que sea la sencillez la que potencie el efecto dramático.

Hay que destacar también las portadas realizadas por el mismo Cassaday, pequeñas joyas de diseño que cumplen a la perfección su función de atraer al potencial lector al tiempo que capturar, ya sea simbólica o literalmente, bien un momento significativo de la historia bien alguno de los temas que toca. Por otra parte, el uso de colores primarios por parte de la colorista Laura Martin contribuye a capturar la esencia de lo que Whedon pretende: una historia moderna pero con sabor clásico. La única pega que se le podría poner a Cassaday es que no siempre acierta con el diseño de determinados personajes o elementos, como Ord o ciertos artilugios tecnológicos, que se antojan sosos y faltos de imaginación.

Muestra de la sobresaliente coordinación de todo el equipo creativo (el guionista Joss Whedon, el
dibujante John Cassaday, la colorista Laura Martin y el rotulista Chris Eliopoulos) la encontramos en el número 22, cuando varios miembros del equipo y la agente Brand mantienen una conversación estratégica aparentemente normal. En el siguiente número, nos encontramos con la misma página, pero esta vez con burbujas de pensamiento superpuestas que revelan la auténtica y secreta conversación –telepática- que estaba teniendo lugar para engañar a quienes les espiaban. La página original aparece difuminada en el fondo y Eliopoulos ya había pensado desde el principio la disposición de los bocadillos de texto para que quedara espacio suficiente para los pensamientos en el número siguiente.

En resumen, el Astonishing X-Men de Whedon y Cassaday no es perfecto. En primer lugar –y esto no es exactamente un defecto sino una característica propia de los títulos superheróicos- para su pleno disfrute se hace necesario cierto conocimiento previo de los personajes, al menos de la etapa de Morrison (en particular por la intervención del Club Fuego Infernal, la masacre de Genosha y el argumento relacionado con Cassandra Nova). Un lector completamente ajeno a la mitología mutante, aunque pueda apreciar el bello dibujo y la eficiente narrativa de Cassaday o los
punzantes diálogos de Whedon, probablemente se encuentre perdido. Hay también, como hemos dicho, ciertos desajustes entre los interesantes conceptos que sustentan las historias y la calidad de su ejecución.

Pero ello no estropea la sensación de hallarse ante una de las más interesantes etapas de los X-Men en mucho tiempo. Joss Whedon entiende lo que hizo a los mutantes tan populares. No sólo eso, sino que sabe integrarlo en historias originales con una narrativa sólida, giros inesperados, tensión creciente y acertada combinación de humor, acción y drama. Maneja bien la dinámica de grupo, haciéndolo actuar como un verdadero equipo al tiempo que equilibrando la participación individual de todos sus miembros, mezclando las diversas personalidades y extrayendo de su interacción diálogos inteligentes y verosímiles.

Y todo ello recibió la justa apreciación. La etapa de Whedon no pudo ser más triunfal, saldándose con un resonante éxito de crítica y público. Su idea de una “cura mutante” sería trasladada a la pantalla como uno de los pilares argumentales de la película “X-Men: La Decisión Final”. La crítica se rindió también a la original dinámica entre los personajes y sus agudos diálogos teñidos de humor: en 2006, la colección ganó el Premio Eisner a
la “Mejor Serie”.

Los cuatro arcos argumentales que abrieron “Astonishing X-Men” resultaron ser una sólida historia superheróica que permitía disfrutar de los veteranos personajes sin necesidad de haber asimilado la confusa continuidad mutante de los últimos años, una aventura de ritmo frenético que, sin embargo, sabe dedicar tiempo a sus personajes. Diez años después de su publicación original, sigue siendo perfectamente legible y ya se puede asegurar que formará parte de ese selecto conjunto de obras que serán conocidas como “clásicos”.




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