23 sept. 2014

1929- POPEYE - Elzie Crisler Segar




Elzie Crisler Segar nació en el seno de una familia modesta en Chester, Illinois, el 8 de diciembre de 1894. Tras su paso por el instituto, trabajó para ganarse la vida en los más diversos oficios, desde pintor a músico de vaudeville pasando por proyeccionista en cines. Pero era la historieta lo que realmente le fascinaba y decidió seguir un curso de dibujo por correspondencia antes de trasladarse a Chicago, sede de grandes periódicos en los que buscar trabajo como ilustrador o humorista. Tenía veinte años cuando su hermano mayor, ya residente en la ciudad, le concertó una entrevista con el famoso R.F.Outcault, padre creativo de “Yellow Kid” y “Buster Brown”. Éste no sólo le brindó apoyo y consejo, sino que le consiguió su primer trabajo, concretamente en una tira para el Chicago Herald: “Charlie Chaplin´s Comic Capers”, que realizó desde 1916 a 1917.


Después de narrar las aventuras del soldado “Barry the Boob” en 1918 y ante la quiebra del Herald, se trasladó aquel mismo año al Chicago Evening American, propiedad del poderoso William Randolph Hearst, donde obtuvo por fin el éxito con “Looping the Loop”, que en formato vertical ofrecía resúmenes humorísticos de temas de actualidad: películas, lugares de moda, eventos sociales o acontecimientos de la vida de la ciudad.

Su editor en el periódico lo recomendó ante el King Features Syndicate y Crisler se trasladó a Nueva York. El mismo día de su llegada ya se puso a trabajar en la serie que le haría famoso en todo el mundo: “Thimble Theatre”.

“Thimble Threatre” se puede traducir como “teatro de dedales” y su nombre se lo debía al pequeño tamaño de las viñetas, dispuestas verticalmente en la página del diario. Empezó a publicarse el 19 de diciembre de 1919 en varios periódicos propiedad de Hearst y al año siguiente su distribución pasó al poderoso sindicato de prensa King Features Syndicate. Tras un breve periodo inicial en el que la cabecera servía para parodiar películas de actualidad, Segar decidió centrarse en narrar las andanzas de la familia Oyl. Los padres, Nana y Cole Oyl, eran una pareja de personajes torpes e insignificantes que servían de comparsas a los verdaderos protagonistas, sus hijos. Por un lado, Castor, un fanfarrón bajito y de humor propenso a los estallidos de ira, tan corto en talento como largo en expectativas; su ineptitud a la hora de emprender los más variopintos negocios constituía la base de la mayoría de las historias. Por otra parte estaba su hermana Olivia, el malhumorado “pimpollo” de la familia Oyl, objeto de interés romántico de su eterno pretendiente, Harold Ham Gravy, y compañera de su inepto hermano en los más disparatados proyectos. Con su cabeza simplona coronando un cuerpo flacucho y carente de formas femeninas, Olivia era un representante poco ejemplar de su sexo. En 1925, Castor conoció a su futura esposa, la caprichosa Cylinda, completando de forma más o menos definitiva el elenco principal.

“Thimble Theatre” se estructuraba en base a una serie de gags enlazados por breves
continuidades. Un cambio radical tuvo lugar el 25 de enero de 1925, con la aparición de la página dominical a todo color. Al disponer de mayor espacio, Segar podía recrearse en su secreta inclinación por el espectáculo. Empezó a desarrollar narraciones más largas, la más famosa de las cuales llevaba a Castor y Ham Gravy a una prolongada búsqueda de fortuna por el Gran Desierto Americano, desde marzo de 1928 a marzo de 1930.

A finales de la década de los veinte, el reparto de Thimble Theatre constaba claramente de seis personajes a la búsqueda no tanto de un autor como de una verdadera estrella. Y ésta apareció el 17 de enero de 1929 en la inesperada forma de un marinero tuerto, de cara arrugada y fuerte temperamento: Popeye. Sus primeras palabras, respondiendo a la pregunta de Castor sobre si él es un marino, son: “¿Acaso parezco un vaquero?”. Inicialmente, Popeye no iba a ser más que un personaje circunstancial que desaparecería tras
cumplir su cometido en la aventura, pero no sólo no se marchó, sino que acabó apoderándose de la cabecera. El 2 de marzo de 1930, el mismo día que Castor y Ham Gravy regresaban de su épica odisea por el Oeste, Popeye apareció en las dominicales y también allí tardó poco en robar el protagonismo al resto de los personajes.

Popeye era un héroe atípico. Su aspecto difícilmente podía ser menos atractivo, con su perdido ojo eternamente guiñado, unos antebrazos grotescos unidos a brazos como palillos, pies del tamaño de barcas y un mentón prominente del que parecía brotar su inseparable pipa de madera. Su desenvoltura era acorde con su apariencia: zafio, maleducado,
pendenciero y con una forma de hablar trufada de maldiciones, juramentos y errores de pronunciación. Para colmo, su temperamento agresivo le llevaba a pelear con cualquiera por los motivos más nimios. Y a pesar de ello –o precisamente por ello-, a los niños les encantaba….y Popeye les correspondía. Un motivo recurrente de sus andanzas consistía en la ayuda a niños necesitados en los duros tiempos de la Gran Depresión, especialmente en las páginas dominicales, más leídas por los pequeños de la casa que las tiras diarias.

Con los años, Segar reunió alrededor de Popeye un reparto estelar de personajes. J.Wellington Wimpy (1931) apareció inicialmente como árbitro en uno de los innumerables combates de boxeo en los que participó el héroe titular, pero terminaría por convertirse en su mejor amigo –si bien tendía a desaparecer hábilmente en cuanto había mamporros-. Perezoso, cobarde, egoísta, mezquino, quejica y gorrón, se hizo famoso sobre todo por su insaciable apetito por las hamburguesas. Para saciarlo, Wimpy era capaz de llegar a límites inauditos en los personajes cómicos de la época: mentir, lisonjear, robar, conspirar… incluso sus arranques poéticos o filosóficos ocultaban tras su aparente sabiduría un motivo oculto: conseguir hamburguesas gratis. Su carácter plagado de defectos lo hacían un interesante contrapunto a la férrea honestidad de Popeye y Wimpy no tardó en convertirse en estrella de la plancha dominical.

Cocoliso, el “hijo adoptivo” de Popeye, apareció abandonado en una caja en la puerta de la
casa del marino en julio de 1933; bautizado con una lata de espinacas, pronto revelaría un inesperado talento boxeador a pesar de su pequeña talla. Otro paquete sorpresa remitido a Popeye desde el África negra por el tío explorador de Olivia fue abierto en marzo de 1936 para revelar a Eugene el Jeep, un animal fantástico que siempre sabía –y decía- la verdad. Eugene, cuyo único sonido era, precisamente “jeep”, y Cocoliso, con un vocabulario reducido a “glop”, no tardaron en afianzar una amistad que les protegía y confortaba en un mundo de adultos.

En respuesta a las exigencias del sindicato para que Popeye limpiara su lenguaje y rebajara su violencia, Segar presentó a continuación (al final de una larga e hilarante aventura) a Poop-deck Pappy (1936), el padre de Popeye, un anciano malhablado, quejica, cascarrabias y repulsivo, que atizaba a todo el que se le pusiera por delante (especialmente a Olivia). El resto de personajes secundarios eran igualmente pintorescos: la Bruja del Mar (“la última bruja de verdad sobre la Tierra”); George W.Geezil, némesis homicida de Wimpy; Perendengue, el propietario del café al que Popeye llevó a Olivia en su primera cita y donde Wimpy acude todos los días intentando gorronear una hamburguesa gratis…

De todo ese reparto, el único personaje que mantuvo ininterrumpidamente su presencia en la
serie fue Olivia. Desde el momento en que conoció a Popeye en 1930 y a pesar de su indeseable aspecto y aún peores maneras, no tuvo ojos para otro –al menos durante mucho tiempo- y su antiguo novio y protagonista de la tira, Ham Gravy, desapareció de escena inmediatamente y para siempre. Popeye y la igualmente poco agraciada Olivia compartirían muchas aventuras, en las que la incorruptible honestidad de Popeye y su fuerza física se verían todavía más fortalecidas por la presencia de su amada. Precisamente en nombre del amor, el juego limpio y la superioridad nutritiva de las espinacas, el osado Popeye se enfrentaba a la Bruja del Mar en Plunder Island, limpiaba de bandidos el Valle Negro, se autonombraba dictador de Espicanova y restauraba al rey Cocoliso al trono de Demonia (la habilidad de Segar a la hora de imaginar tierras de fantasía igualaba su talento para crear personajes inolvidables).

No han sido pocos los críticos que han calificado a “Popeye” como una comedia dirigida a las clases sociales más populares, argumentando la pertenencia de todos los personajes a las clases más humildes, la utilización de un lenguaje vernáculo e incluso agramatical y la prevalencia de la farsa como elemento humorístico. Pero esto supone ignorar que todas esas son características del teatro griego y romano tanto como de las obras de Shakesperare, Lope de Vega, Moliere o Samuel Beckett. De hecho, con quien habría que comparar a Segar es con los dramaturgos del Absurdo. Como ellos, retrata un universo oscuro e incorregible, introduciendo situaciones que rompen la ilusión de normalidad y resaltan las hipocresías en las que vive sumida la sociedad civilizada. Sus personajes –con excepción de Popeye- carecen de cualquier inclinación moral o–con excepción de Wimpy- intelectual. Es un universo de patanes, brutos, ignorantes, granujas, chiflados, matones, groseros y farsantes. Todos los adultos tienen facciones desagradables y cuerpos deformes, una fealdad que solo resulta graciosa merced a la simpatía, incluso complicidad, que el autor siente por sus creaciones. Robert Altman, en su adaptación cinematográfica de 1980 a partir de un poco inspirado guión de Jules Feiffer, enfatizó esa fealdad, ignorando la complicidad. Los espectadores se dieron cuenta y retiraron su apoyo a la película.

Popeye ofrecía algo para todo el mundo. En el curso de las descabelladas peripecias a las que empujaba a sus personajes, Segar se reía de la institución familiar, la monarquía, el ejército, la policía, los usos, costumbres e instituciones sociales… burlas que no pasaban desapercibidas a un público adulto sumido en las penurias de la Gran Depresión. Los niños, por su parte, veían en el marinero tuerto el equivalente a un superhéroe de la época: honrado y protector de los débiles –especialmente los niños- obtenía su superfuerza de la ingestión de espinacas.

Todo ello hizo de Elzie Crisler Segar uno de los cartoonist más reputados y queridos de Estados Unidos. Su hijo predilecto, Popeye, parecía estar en todos sitios. Pero también los secundarios calaron en el imaginario popular. Wimpy dio nombre a una cadena de hamburgueserías y Eugene el Jeep a una modalidad de vehículo militar hoy todavía en uso. Varias frases recurrentes de la tira se trasladaron al habla popular.

No podía demorarse mucho su traslación a otros medios. En julio de 1933 se estrenó el primer cartoon con Popeye, si bien la heroína titular de aquella primera entrega era Betty Boop. Los responsables de ese y los subsiguientes cortos fueron los magníficos hermanos Fleischer que, sin
embargo y al mismo tiempo, jugaron un papel central en el declive del personaje: su infantilización del universo de Segar marcó una pauta que, a la muerte de éste, sería la adoptada por sus sucesores en los comics. Los Fleischer, por ejemplo, fueron quienes introdujeron dos elementos en el universo de Popeye hoy bien conocidos pero a los que Segar nunca tuvo un cariño especial: por un lado, Bluto (más adelante rebautizado como Brutus), némesis recurrente del héroe; y por otro las ya mencionadas espinacas. Originalmente, Popeye extraía su fenomenal fuerza y resistencia de una gallina mágica, recurso argumental que enseguida se abandonó. La excusa de las espinacas, alimento barato y –supuesta pero erróneamente- muy energético en la época de la Depresión, fue posterior y episódica en los comics, al menos durante la etapa de Segar.

Dave y Max Fleischer producirían, entre 1933 y 1942 un centenar de cortos de animación, todos distribuidos por Paramount, compañía que seguiría realizando tal labor cuando los derechos recayeron, tras el cierre de los Estudios Fleischer, en Famous Studios. Éstos continuarían produciendo cartoons –ahora ya en technicolor- hasta 1957. A comienzos de los sesenta, King Features Syndicate dio el salto a la televisión, produciendo en solo dos años más de doscientos episodios. Ya en los setenta, los encargados de seguir alimentando a los telespectadores infantiles con su dosis de un Popeye muy alejado de su espíritu original, fueron Hannah-Barbera. La última incursión del personaje en la televisión, ya en el siglo XXI, tuvo lugar en la forma de un especial producido por Lions Gate con animación generada por ordenador. De la película dirigida por Robert Altman, ya hablé algo más arriba. Ninguna de las incursiones de Popeye en el mundo de la imagen animada ha resultado ni remotamente tan transgresora como la imaginada por Segar.

Segar murió en Santa Monica, California, el 13 de octubre de 1938. Su visión murió con él. Aunque el King Features Syndicate puso la tira en otras manos, esto solo sirvió para infantilizar al personaje merced a un abandono de la sátira despiadada del mundo real. El primero fue Doc Winner, quien había sustituido ocasionalmente a un ya enfermo Segar. En 1939, el personaje fue confiado al equipo de Bela “Bill” Zaboly (dibujo) y Tom Sims (guionista), quienes hicieron lo que pudieron hasta 1959.

Bud Sagendorf, yerno de Segar y su ayudante ocasional, tomó el control de la mayor parte del
material relacionado con el personaje (comic-books, tiras diarias y planchas dominicales) durante bastante tiempo hasta que hubo de ceder las tiras diarias, ya renombradas como “Popeye” en lugar de “Thimble Theatre”, en 1986 a Bob London. Con las instrucciones de actualizar la serie a los tiempos modernos, London, un antiguo dibujante de comics underground, introdujo en 1992 el tema del aborto, lo que le valió ser fulminantemente despedido por el sindicato (cuya mentalidad aún estaba anclada en los cincuenta). A partir de ese momento y hasta hoy, las tiras se limitaron a reeditar el material de Sagendorf mientras que las páginas dominicales se hallan en manos de Hy Eisman desde 1994, año de la muerte de Sagendorf.

Del inmenso legado que acumula Popeye, lo único que se puede recomendar sin reservas son los años realizados por Segar, su padre original. Es posible que al lector moderno le cueste algo entrar en un tipo de narrativa propio de hace ochenta años, pero su mezcla de escapista aventura de tintes fabulosos, iconoclasta crítica social y teatro del absurdo poblada por un elenco de individuos tan bruscos y zafios como entrañables, sin duda le resultará inolvidable.

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